Tango! |
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Mi experiencia en Rochester, New York
Cuando era adolescente, el tango no me llamaba mucho la atención. Me parecía ser un tipo de música excesivamente melodramático, y que además gustaba sólo a los “viejos”. Como sucede con tantos argentinos criados en el exterior, el tango fue entrando en mi vida por una puerta chica, a intervalos regulares, con cada viaje a Córdoba, pasando, cómo no, por Buenos Aires. Un poco en la calle, otro poco por TV, y el resto a través de las conversaciones familiares donde los mayores solían recordar a un cierto morocho que cada día cantaba mejor.
El tango se convirtió para mí en objeto de estudio cuando, muchos años después, la jefa del Departamento de Lenguas Extranjeras de la universidad donde trabajaba—Rochester Institute of Technology—me pidió que diseñara un curso sobre la cultura hispánica (en inglés, dado el escaso número de estudiantes hispanohablantes). Como no sería ni un curso de literatura ni un curso sobre mujeres (mis dos especialidades), tuve que ser audaz, y tomar un rumbo totalmente distinto. Recordé entonces aquel compañero ocasional de mi juventud, el tango. Me dediqué a investigar fuentes, a buscar grabaciones, a estudiar la historia cultural de la Argentina. Durante este período preparatorio, mi asistente in situ fue mi madre, Marta, gran lectora y amante del tango, amiga de los libreros de Córdoba. El resultado fue la creación del nuevo curso titulado “Cultural Perspectives on the Tango” (Perspectivas culturales sobre el tango), hace dos años.
Decir “tango” es evocar el baile, la música y las letras. Consciente de que mi formación en lengua y literatura me permitiría comprenderlo desde un solo ángulo, recurrí a un músico para explicar cómo se construye aquel magnífico soporte para las letras que yo traduciría y analizaría. Mi mano derecha fue mi colega y amigo, Carl Atkins, jefe de la sección de música del Departamento de Bellas Artes de RIT, musicólogo, compositor e intérprete de jazz. El curso que dictamos en dos oportunidades (primavera de 2005 y de 2006) se proponía explorar el tango como fenómeno sociohistórico y artístico, mediante el estudio de la música y las letras. A las clases añadimos la lectura de textos que provenían de varias disciplinas (musicología, sociología, antropología, historia, literatura, lingüística), además de cuatro películas.
Los estudiantes universitarios estadounidenses son graciosos. Muchos, con una ingenuidad asombrosa, preguntaron: ¿Vamos a aprender a bailar? ¿Debemos matricularnos con nuestra pareja? ¿Cuenta este curso como uno de educación física? Por lo visto, el tango era para ellos nada más y nada menos que el baile: precisamente lo que permanecía fuera de nuestro alcance, dado que ni Carl ni yo sabíamos bailarlo. Para satisfacer estas inquietudes, y para hacer justicia al tango (después de todo, hasta Discépolo reconoció que el tango se podía bailar), invitamos a una pareja de profesionales, Agustín Ramos y Cassandra George, quienes, entre ochos y voleos, demostraron que el tango era una poderosa arma de seducción, lo que despertó la curiosidad de estos jóvenes.
Entre las sorpresas gratas, cuento la cantidad de estudiantes matriculados cada año (entre 25 y 30), el igual número de hombres y mujeres, de distintos orígenes (puertorriqueño, alemán y vietnamita, entre muchos otros) y el hecho de que la mayoría ya tenía nociones de música o de lengua española. Aunque el curso no exigía una preparación previa en ninguna de estas dos disciplinas, el hecho de que casi todos los estudiantes matriculados conocieran a Carl o a mí por haber tomado nuestras clases, creó un clima ameno de entrada, y facilitó la tarea de aprendizaje enormemente, puesto que no hubo hielo que romper. El trabajo se dividió del modo siguiente: sobre un total de 40 horas, 22 fueron clases magistrales; 8 se dedicaron a películas (entre ellas, El día que me quieras, primer contacto de estos estadounidenses con el mito gardeliano), 4 a presentaciones orales, 4 a un examen y a la revisión para el examen final, y 2 a la sesión de baile. Los estudiantes fueron calificados a base a dos presentaciones, dos exámenes y tres ensayos. El mayor desafío planteado por el curso fue la escasez de fuentes en lengua inglesa. Esta limitación me permitió descubrir joyas que hubieran pasado desapercibidas de otro modo, tales como los escritos de Marta Savigliano, Julie M. Taylor y David William Foster.
Entre muchos momentos memorables, rescato aquellos en los que compartí perlas de sabiduría tanguera (“en la vida, se cuidan los zapatos andando de rodillas” del tango ¡Qué me van a hablar de amor! con letra de Homero Expósito y música de Héctor Stamponi), y versos bellísimos (“nostalgias de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó” del tango Sur, con letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo). Como comentó más de un estudiante, al finalizar el curso: “Me matriculé sin saber qué esperar. Descubrí un mundo que no conocía, y aprendí un montón. ¡Quiero hablar español y viajar a Buenos Aires!” Me uno al loco de Ferrer y le digo: “¡Vení! ¡Volá! ¡Vení!” (Balada para un loco; letra de Horacio Ferrer y música de Astor Piazzolla).
Irene S. Coromina es profesora de lengua española y literatura latinoamericana en Eastern Illinois University.
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