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Fútbol Sentimental

 River Plate y el tamaño de mi tristeza

By Mariano Siskind   View Original Version

Entre el miércoles 22 y el domingo 26 de junio de 2011, Ríver Plate el equipo de fútbol del que soy hincha descendió a la segunda división del fútbol argentino. El tamaño de la tristeza que me invadió durante esos días (que se prolongó durante varias semanas) me tomó por sorpresa. El fútbol siempre fue una parte importante de mi vida, y soy hincha de River desde que mi papá me llevó por primera vez a la cancha cuando tenía 3 años. La noticia del descenso de Ríver—el equipo con más títulos en la historia del fútbol argentino—sorprendió a hinchas de fútbol en todo el mundo, y su presencia en la tapa de los diarios durante más de una semana puso en evidencia que el episodio condensaba significados que transcendían su dimensión estrictamente deportiva. Pero durante esos días en los que Ríver no podía ganarle a Belgrano de Córdoba, tratar de desentrañar los significantes de estos significados (corrupción dirigencial con resonancias nacionales, crisis de instituciones culturales fundantes de ciertos imaginarios populares, el fin del fútbol como relato de una heroicidad impensable en otros espacios sociales), me parecía un ejercicio grandilocuente y trivial frente a la intensidad narcisista de mi tristeza.

El hecho es que estaba muy triste. Demasiado triste. Sospechosamente triste para alguien apasionado por el fútbol, pero de todas maneras, razonablemente cerebral. Un episodio deportivo—me decía—, no importa cuán traumático, no merece ser envestido con tamaña tristeza. Pero nada que argumentase en este diálogo demencial disipaba mi tristeza. Y cuando ya no quise, o no pude, seguir revolcándome en el barro autocomplaciente de una melancolía a todas luces excesiva, me senté a escribir una serie hipótesis y razones mal enhebradas que explicaran lo que sentí durante esos días de derrotas y descensos. Voy a tratar de pasarlas en limpio.


Hace 10 años que vivo en Estados Unidos, y desde que nacieron mis hijos (Valentín y Bruno, los dos hinchas fanáticos de River como yo y como mi papá) tengo una relación marcadamente esquizofrénica con los ritos seculares de la argentinidad progresista, y sobre todo, con las prácticas y modalidades de una infancia porteña más o menos imaginaria que reconstruyo en función de la doble distancia del tiempo y la diáspora. Aludo a los asuntos de la política y la vida cultural argentina (que sigo en tiempo real por internet) con fina ironía cosmopolita, pero a la vez, me deshago en esfuerzos inútiles por reproducir para mis hijos un conjunto de estímulos parecidos a los que, imagino, tendrían si sus infancias transcurrieran en Buenos Aires.

El fútbol es una de las mediaciones sociales más eficaces de esta situación personal, un elemento privilegiado en este universo de prácticas que no me resigno a perder para mí y para mis hijos como efecto de la distancia diaspórica. Más acá y más allá del Río de la Plata, la significación socio-sentimental de este deporte es evidente: el fútbol es uno de los nombres del lazo afectivo que forma nuestras subjetividades (sobre todo) masculinas, y de las relaciones que establecemos con nuestros padres, con nuestros hijos, con nuestros amigos. El fútbol, la política, la música, el colegio, sí, pero el fútbol muy especialmente. El fútbol como relación social constitutiva de nuestro mundo social porteño y, para algunos de nosotros, post-porteño. El fútbol, en definitiva, como una de las maneras más eficaces de invocar a Buenos Aires, de nombrar su carga afectiva.


Así, entonces, el fútbol, no es sólo fútbol. El fútbol es el mundo afectivo que lo contiene y que determina el peso de su significación: mi papá me llevó a la cancha por primera vez cuando Ríver salió campeón en 1975 después de 18 años sin triunfos; me sacó mi primera foto con la camiseta y la pelota de nuestro equipo, posando como un jugador profesional, cuando tenía 4 años, y yo hice lo mismo con mis dos hijos en Cambridge y en Buenos Aires. Más allá de la mano de dios y de la jugada más hermosa de la historia, mi recuerdo de los goles de Maradona a Inglaterra en México ’86 está marcado por el abrazo infinito de mi abuelo Juan. La perpetuación en el tiempo de la liturgia de la amistad depende, al menos parcialmente, de esa forma enrevesada del amor que es la cargada con mis amigos de Boca Juniors, el clásico rival de Ríver. Y como dispositivo de identificación, Ríver me permitió una coartada porteña y barrial para no tener que participar del desagradable costado chovinista de la pasión argentina por la selección nacional (soy hincha de River, no de Argentina: nunca grité un gol de un jugador de Boca en la selección nacional—es mentira que Maradona sea de Boca; para mí, Maradona es patrimonio universal).


Por eso, la tristeza que sentí a finales de junio de 2011, tenía muy poco que ver con la eventualidad del descenso de Ríver a la segunda división. Su dimensión estrictamente deportiva se disuelve en sus determinaciones socio-afectivas. Si “Ríver” es el modo en el que elaboro un segmento (importante) de mi mundo porteño, entonces lo que se jugaba entre el miércoles 22 al domingo 26 de junio no era el horror a jugar un campeonato con Defensa y Justicia, Patronato y Deportivo Merlo, sino la literal degradación del significante que nombra ese conjunto de relaciones afectivas. La mirada exasperada e impaciente de quienes no depositan cargas afectivas de este orden en el fútbol (la mirada de mi esposa, por ejemplo) me molesta, justamente, porque yo mismo soy capaz de ridiculizar mi sobreinversión afectiva en el fútbol (tan masculina, tan argentina, tan idiota). Pensándolo bien, tal vez sea esa mirada reprobatoria (que es mía, claro) la que me lleva a sobreintelectualizar esos días de Ríver-Belgrano, y así redimir a mi tristeza de su especificidad deportiva y su aparente trivialidad.

El hincha de fútbol en mí -el que supo ir hace muchos años a la tribuna popular del Monumental- me dice que soy insoportablemente pretencioso por escribir estas líneas. Me dice que la tristeza de esos días de junio era (sigue siendo) estrictamente deportiva porque era (y sigue siendo) inimaginable que, Ríver haya estado estos últimos años tan por debajo de su historia, de su cancha, de su camiseta—tan por debajo de mi recuerdo fresco de habernos sentido los mejores hasta hace relativamente poco. Pero yo soy los dos: el hincha sufrido y el que escribe estas líneas a mitad de camino entre el duelo y la melancolía. Y entonces, si mi tristeza puede explicarse por la evidencia de relaciones afectivas y recuerdos de infancia degradados, la hipótesis estrictamente futbolística también estaría bien rumbeada. Porque si no, me desentendería del resultado de los partidos de Ríver por un año, mientras esté en la B, y me entregaría a corazón abierto al trabajo del duelo afectivo. Y sin embargo insisto en la ceremonia tortuosa de mirar a Ríver todos los sábados, ahora por internet. Valentín y Bruno me acompañan en los cantos de cancha, en el abrazo de gol y en cada uno de los pasos de una liturgia que quizás redima la carga socio-afectiva que el descenso de Ríver y mi diáspora degradaron. Y quizás, pensamiento mágico mediante, entre los tres podamos hacer que Ríver vuelva a salir campeón.

 

 Mariano Siskind is an Assistant Professor of Romance Languages and Literatures at Harvard University.

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