Dance!

Global Transformations of Latin American Culture
Fall 2007

Recuerdos de Tango


Sylvia Molloy

Pienso tango y pienso mujeres. Pienso tango y pienso Perón. Me explico: de chica le oía cantar tangos a la sirvienta que teníamos en casa, una mujer que había dejado el campo para venir a la ciudad y cuyas simpatías políticas eran diametralmente opuestas a las de mis padres. Era peronista, con fervor, y Perón le había permitido ver que podía ser algo más que sirvienta. Mi madre le daba dos tardes libres para que cursara estudios en la Escuela de Enfermeras que había fundado Eva Perón. Recuerdo que me puse contenta cuando la vi el día en que se recibió, con su flamante uniforme azul que después colgó prolijamente en el ropero para volver a ponerse el delantal blanco que usaba en casa. Pero esto no viene al caso sino indirectamente. Durante el primer gobierno de Perón, agresivamente nacionalista, las radioemisoras tenían orden de transmitir un porcentaje elevado – acaso fuera el 70% – de música nacional. Era música nacional la música de las provincias, las cuecas, las vidalitas, los chamamés, las zambas, pero sobre todo era música nacional el tango, tan nacional que las orquestas que lo tocaban se llamaban “orquestas típicas”. Justa, que así se llamaba, limpiaba las habitaciones al compás de la radio y la radio tocaba tangos cuyas letras sabía de memoria y acompañaba con voz sonora y competente. Recuerdo los títulos, algunos versos: “Zorro Gris”, por ejemplo, tango característicamente misógino en el que un hombre le canta a una mujer “de la vida” que vanamente busca abrigar “el intenso frío de tu alma” con su lujoso abrigo de zorro gris.  Creo que lo recuerdo porque mi madre también tenía un zorro gris cuya cabeza reseca, sobre su pecho, me intranquilizaba y a la vez fascinaba. Pero también creo que el tango me desconcertaba porque a menudo le oía decir a mi padre que había que cuidarse de los zorros grises y no hablaba de animales, ni de abrigos, sino de inspectores de tránsito: así se los llamaba entonces, acaso tuvieran uniformes grises, no recuerdo. Todas estas asociaciones le eran ajenas a Justa que cantaba mientras pasaba un pesado cepillo de lustrar pisos. A veces (cuando mi madre no estaba) se sentaba en un sillón, en una cama: descansaba y seguía cantando. Aprendí palabras: percanta, bulín,  chamuyo, gil, palabras que me cuidaba de repetir ante mis padres, sabiendo que no saldríamos bien paradas ni Justa ni yo. También  le oía cantar “Adiós Pampa mía”, tango tardío de Hugo del Carril, del cual mi madre decía que no era de veras tango, aunque sospecho que lo decía porque del Carril era peronista. Y también cantaba un tango que decía “Su nombre era Margot, llevaba boina azul, y en su pecho colgaba una cruz”, que probablemente le gustaba a Justa, entre otras cosas, porque perversamente le permitía pronunciar el nombre de pila de mi madre (que también se llamaba Margot y a quien mi padre solía cantarle ese tango para hacerla rabiar). Por intermedio del tango Justa podía tutear a mi madre, decirle Margot y no “Señora”. El tango, el lenguaje del tango era música de protesta, de resistencia. Simpaticé con Justa y sus tangos pero nunca aprendí entera una letra de tango, sólo fragmentos. Aún los recuerdo, me los recito de vez en cuando, como talismán gratuito que no necesariamente protege pero del que se echa mano, como echo mano a veces de los versos de Racine, aprendidos por la misma época. Son lujos literarios: reconfortan.

Pienso tango y pienso en otra mujer que me enseñó a bailarlo. “Sabía llevar”, decían elogiosamente de mi tía, cualidad no desdeñable en un baile donde el role playing es particularmente importante. Mi padre, mal bailarín, no sabía llevar y no parecía importarle demasiado. Mi tía en cambio se manejaba con admirable destreza, sabía guiar el cuerpo de quien bailara con ella con levísimos toques que, más que contactos eran insinuaciones. Conseguía que ese cuerpo – en la ocasión el mío – hiciera lo que ella quería, con toda naturalidad, como por voluntad propia.

Es curioso que en un baile con papeles tan explícitos – el que lleva el que se deja llevar – se crucen y confundan tanto los géneros; no sólo en mi anécdota sino en cualquier reflexión sobre el tango. Baile entre hombres al comienzo, el tango habría sido, dicen los especialistas – acaso para no contemplar otras posibilidades – la escenificación de un duelo, una puja masculina para demostrar que se es más valiente que el otro. Sólo se admite la sexualidad en el tango cuando entra a formar parte de la pareja la mujer: entonces deja de ser pleito malevo, se torna escena de seducción y de dominio. No desaparece por ello el carácter homosocial: abundan las postales provocadoras de los años veinte con dos mujeres, livianamente vestidas, bailando un tango. El cine aportará lo suyo: piénsese en el estilizado tango magistral que bailan Dominique Sanda y Stefania Sandrelli en “El Conformista” de Bertolucci. O, en modo paródico y travestido, en el tango que bailan Jack Lemmon y Joe Brown en Some Like It Hot.

Pienso tango y pienso en ciertas voces de mujer. Pienso en voces queridas, como la de Olga Orozco, poeta argentina, quien como Malena sabía cantar tangos como ninguna, y cuya versión de Sur (“paredón y después”), cantada con su bajo ronco de fumadora, daba escalofrío. Pienso en la larga tradición de cantantes de tango mujeres que escuché de adulta, en la serie que empieza con Azucena Maizani y Rosita Quiroga, sigue con Ada Falcón, Libertad Lamarque, Mercedes Simone, Tita Merello, y llega hasta Susana Rinaldi y Adriana Varela. También en estos casos mostraba su hilacha ambigua el tango, su tendencia al travestismo, a la provocadora y estimulante confusión sexual. Estas mujeres, algunas de hecho con ropa de hombre – Azucena Maizani cantando “Milonga del 900” vestida de compadrito, con pañuelo blanco al cuello y chambergo ladeado – se encarnaban en el yo masculino que cantaba la historia. Pero el efecto travestido no necesita, de hecho, cambio de indumentaria: un simple travestismo gramatical opera la torsión, los complejos cruces de género, extrañamente seductores. La escena primal del tango, su duelo y melancolía, presenta a un yo masculino que llora la ausencia de la mujer que lo ha dejado por un pretendiente más rico, o porque prefiere los vanos lujos de la vida fácil, o, simplemente porque se ha cansado de él. Cantadas no por un hombre sino por una mujer, una mujer que se lamenta del abandono y le canta su amor desesperado a otra mujer, el tango revela plenamente su infinita complejidad, su ambigüedad genérica, su seducción. 

He dicho que del tango sólo tengo fragmentos de letras, escenas, dichos. Los argentinos, aun quienes no nos criamos bailando o cantando tangos, y acaso por ello mismo, citamos frases de tangos al hablar, como al descuido, a menudo sin saber a qué pieza pertenecen. “Veinte años no es nada” se ha vuelto frase común desde que Gardel la cantó por primera vez. Hablamos a través del tango o “hablamos tango”: “che papusa”, “verás que todo es mentira”, “vida mía, lejos más te quiero”, “mano a mando hemos quedado”, “cuesta abajo en la rodada”, “como juega el gato maula con el mísero ratón”, ‘no habrá más penas ni olvido”. El tango, digo, es materia de cita, forma parte de lo que Borges llamaría un “leve archivo mnemónico”, un arbitrario conjunto compartido al que se recurre, ya en broma, ya en serio, y habitualmente las dos cosas a la vez. Borges escribe por los años veinte que lo conmueve más oir el tango “Loca” que el Himno Nacional.  Mi tía, cuando mi madre se arreglaba para salir con su entonces novio, mi padre, le cantaba “Ibas linda como un sol / se paraban pa’ mirarte”, de Confesión, para irritarla. Mi madre, a su vez, decía que cuando muriera quería que tocaran “La comparsita” en el entierro.

Una amiga mía – para seguir con las mujeres – sufre de Alzheimers y ha perdido la mayor parte de la memoria. Sorprendentemente, o quizá no tanto, recuerda fragmentos de tango. Si le digo “veinte años no es nada”, sin un instante de duda, como si despertara de un sueño, empalma: “que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra”. No recuerda cómo se llamaba la madre ni qué ha comido para el almuerzo pero, en esos momentos en que tararea antes de sumirse en su silencio habitual, creo que es feliz.

Sylvia Molloy es Albert Schweitzer Professor in the Humanities en New York University.

This article describes the many ways that women are tied up in tango.

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