Venezuela

The Chávez Effect
Fall 2008

Postales de Leningrado porque ya no desean permanecer en el anonimato(en español)


Jeffrey Cedeño

Universidad Simón Bolívar, Caracas

 

Ficha Técnica

Año: 2007

País: Venezuela

Dirección y guión: Mariana Rondón.

Producción y montaje: Marité Ugás.

Fotografía: Micaela Cajahuaringa.

Animación y gráficas: Ignacio Gorfilkiel.

Dirección de arte: Matías Tikas.

Sonido: Lena Esquenazi, Rosa María Oliart.

Música: Felipe Pérez Santiago, Camilo Froideval.

Elenco: Laureano Olivárez (Teo), Greisy Mena (Marcela), William Cifuentes (Teo niño), Haydée Faverola (abuela), María Fernanda Ferro (Marta).

Duración: 93 minutos.

35 mm con intermedio digital, 1,85:1, color, Dolby Digital.

 

“Cuánto debe costar a nuestro pensamiento habitual una concepción de la historia que evite toda complicidad con aquella a la que los políticos continúan ateniéndose”, nos dice Walter Benjamín desde 1940, en una de sus Tesis sobre la filosofía de la Historia. Se trata, ciertamente, de un impulso por trazar alternativas, pero también de una franca interrogación por la política y la historia en el seno de nuestras vidas… Y hoy pocos advierten que es en el amplio espectro de la vida donde la política adquiere sus sentidos. “Postales de Leningrado” (2007), de la directora venezolana Mariana Rondón, y ganadora del Gran Premio El Abrazo a la Mejor Película en el Festival de Biarritz 2007, se recorta sobre tales dimensiones –la historia y la política- para erigir una pregunta sobre la identidad… la identidad de los hijos de aquéllos hombres y mujeres que optaron por la lucha guerrillera en la Venezuela de mediados del siglo XX, justo cuando la nación entera intentaba retomar el orden democrático luego de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958).

Postales de Leningrado retrata la historia de una joven guerrillera que, debido a su condición de subversiva en la Venezuela de los años sesenta, no tenía otra opción que dar a luz en la clandestinidad. Sin embargo, y casualmente, su hija es la primera en nacer el día de la madre de 1966, por lo tanto, su fotografía aparece publicada en la prensa. Esta máxima exposición erige un contrapunto con una vida furtiva, pues tanto padres e hijos al huir de la persecución de las milicias, inician una historia anónima, colmada de amenazas y miedos. Y es precisamente la niña quien narra y desde cuya mirada atestigua los sucesos nunca completos, siempre interrumpidos y cambiantes hasta alcanzar, también, la historia de su primo Teo, quien espera postales de Leningrado como una prueba de que sus padres se encuentran más allá de las montañas. Los niños se tornan entonces en los protagonistas de la historia, pues en medio de disfraces, juegos, recreaciones, deseos, escondites y nombres falsos, reinventan las aventuras de sus padres guerrilleros, y, de este modo, erigen un mundo fantástico de superhéroes capaz de (con)fundir ficción y realidad. Surge al punto una vida cotidiana, una vida de todos los días que intenta defenderse del miedo y la muerte.

El acercamiento al pasado que nos ofrece Rondón no se consume en un ajuste de cuentas, jurídico o moralizante. No. La Directora exhibe una fragilidad vital que deja salir sin trabas la ansiada y postergada revelación de un yo que, para sobrevivir en medio del enfrentamiento ideológico y militar, no duda en disfrazarse: “La época que más me gusta es el carnaval, porque cuando nos disfrazamos es como si nos escondiéramos, porque nadie nos puede atrapar. A mi primo Teo, como es más grande, no le gusta disfrazarse, él dice que lo mejor para que no te atrapen es que nunca digas tu nombre de verdad. A mí sí me gusta disfrazarme y mi disfraz preferido es el Hombre invisible. La verdad es que a Teo le gusta ese disfraz, pero lo que más le gusta a él, es recibir postales de Leningrado que le manda su mamá”, es la primera frase que enuncia en off la niña narradora del filme tras las imágenes de un carnaval de Caracas en los años sesenta. En conjunto, la identidad que logra erigir y develar Postales de Leningrado alcanza su presencia mediante la ficción: para evadir los riesgos de captura, los guerrilleros y sus hijos deben enmascararse con un nombre tras otro, los niños sueñan con las heroicidades furtivas del hombre-rana y el hombre invisible y también anhelan reencontrarse con sus padres en Leningrado –un lugar soñado por Teo, un espacio fílmico deseado y materializado por Rondón-. Y estas ficciones evocan –hacen volver- una ausencia: la de una vida familiar siempre postergada, la de una niñez que desea mostrarse para rearmar una historia vital.

Postales de Leningrado nos ofrece, sí, la historia autobiográfica y familiar de Mariana Rondón… se trata entonces de compartir una experiencia, de allí la escenificación del contar y de la narración siempre tras un sentido histórico y comunitario justo cuando el filme jerarquiza –incluso más allá del miedo y la amenaza- la pregunta por la identidad… una pregunta por las formas del discurso que construimos al darnos no sólo un nombre, también un lugar dentro del espacio social… y el filme encuentra en la estética (y en sus múltiples diálogos) una posibilidad certera para afirmar la vida: el miedo y el riesgo, la fantasía y el heroísmo, la violencia y la muerte, el contar y la imagen. En medio del anonimato, la imaginería infantil y la estética pop de los años sesenta, la película  trama un lenguaje de fronteras y recortes propia de la narración en tanto “forma artesanal de la comunicación”, como diría Walter Benjamin… entre la ficción, el documental y la realidad, entre el cómic y el rasgado, la fotografía y la intervención pictórica, pero también entre la racionalidad y la locura, entre el compromiso y la delación, entre la vida y la muerte, la ciudad y la montaña, el filme de Rondón nos dice, en conjunto, que en esa heterogeneidad –la de la vida- acontece el nombre, la identidad… no es sólo una manera de ser, sino también de saber trizada en el pasado, el presente y, también, en el futuro…de allí la narración entrecruzada, intercalada e interrumpida de la niña que narra y atestigua la historia…

La búsqueda y utilización de múltiples medios expresivos se torna un entonces en un claro recurso de conocimiento y reconocimiento –la niña que narra interviene y manipula la imagen fílmica y, de este modo, opera sobre el acto de narrar y sus posibilidades identitarias-, todo lo cual inscribe un ejercicio de responsabilidad individual y colectiva capaz de reconstruir la memoria histórica. El pasado constituye una herencia con la que los niños deben dialogar y enfrentarse, pero ese pasado se ancla en el presente y concentra, sin duda, una pregunta por la identidad no tanto para demandar una respuesta o expresar una duda, sino para afirmar lo que se dice y se hace… Postales de Leningrado es, sin duda, el espacio donde acontece el nombre… y más allá del anonimato y del desarraigo y la desaparición… aguarda, sí, el yo, la historia… una historia otra.

 

Jeffrey Cedeño es Profesor del Departamento de Lengua y Literatura en la Universidad Simón Bolívar, Caracas. Ha publicado varios artículos sobre literatura y cultura latinoamericana en revistas especializadas de América Latina, Estados Unidos y Europa. Con el Journal of Latin American Cultural Studies (March, 2006),  publicó "Venezuela in the Twenty-first Century: 'New Men, New Ideals, New Procedures?'".

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