Venezuela

The Chávez Effect
Fall 2008

La revolución de la conciencia: construyendo una nueva hegemonía cultural en Venezuela(en español)


Boris Muñoz

La obsesión de saber cuál es la política cultural de la revolución bolivariana y cómo debe ser conducida ha sido uno de los grandes temas de controversia en el pasado reciente de Venezuela. Durante el periodo anterior a la llegada al poder de Hugo Chávez, el significado de lo que gruesamente se denomina gestión cultural estaba determinado por al apoyo estatal a las expresiones de las bellas artes, las artes tradicionales y folclóricas y el cine. Caracas fue la gran favorecida del boom petrolero. No solo por la tradición centralista de la capital, sino también por ser la ciudad más grande en un país con muy pocos centros urbanos desarrollados. Por la misma razón, la oferta cultural se concentró en Caracas, hasta la década de 1990 cuando se inició un proceso descentralizador que todavía no termina.

Los museos de Venezuela llegaron a ser reconocidos como los más importantes, en infraestructura, recursos humanos y colecciones, de América Latina. El Museo de Arte Contemporáneo de Caracas cuenta con la mayor colección de Picasso de la región, pero también se dio el lujo de exhibir el trabajo de artistas vanguardistas de la segunda mitad del siglo XX como el surcoreano Nam June Paik, el alemán Joseph Beuys o los americanos George Segal y Robert Rauschenberg.

Este museo es el mejor ejemplo del empuje modernizador de sus intelectuales. “El museo nació en un estacionamiento”-recuerda su fundadora Sofía Imber. “Rápidamente lo fuimos acondicionando hasta tener un museo contemporáneo con un absoluto y correcto funcionamiento. Para comprar el primer Picasso tuve que ver 140 piezas. En 30 años hicimos una colección de 4.200 obras. Ahora se nos tilda de elitistas, pero trabajamos con un criterio: que lo culto, lo más hermoso y finamente terminado pueda ser llevado a un país en desarrollo: el mejor libro, el mejor centro de investigación, la mejor museografía. En ese sentido busqué lo elitista en la calidad y la excelencia en el trabajo”.

Sin embargo, mientras en la ciudad se levantaban rascacielos y torres financieras de cristal, artistas cinéticos como Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero se convertían en los artistas emblemáticos de una nación que ansiaba una modernización a alta velocidad que la llevara al primer mundo de la mano de una bonanza petrolera. El futuro debería parecerse a la obra de estos artistas, porque hasta cierto punto el arte cinético, que iniciaron con su trabajo en París, con su llamativa mezcla de cosmopolitismo y tecnología, representaba el proyecto desarrollista que promovían los líderes y elites económicas de Venezuela. Pero fuera de su perímetro de influencia, la realidad continuaba su curso. Desde luego, alrededor de esa ciudad, cruzada por autopistas de varios niveles que llegó a ser una promesa del futuro para América Latina y que muchos celebraban con entusiasmo, crecía con la misma velocidad un cinturón de miseria donde la alta cultura no era una necesidad sino una fantasía distante.

Que hoy en día se hayan restaurado algunas de las instalaciones urbanas más importantes del cinetismo dispuestas en puntos céntricos de la ciudad, es una prueba de la influencia y persistencia del proyecto modernizador. Sin embargo, esas obras ya no representan ni de lejos el estatus artístico dominante en el paisaje urbano como lo fueron en el último cuarto del siglo pasado. Cuando se recorre Caracas, se puede constatar que mientras el este de la ciudad, donde habita buena parte de la clase media y alta, todavía se mantiene fiel a cierta idea de arte abstracto, en el oeste de las clases populares, donde el movimiento chavista tiene mayor arraigo, ha comenzado a surgir un muralismo neofigurativo, inspirado en alegorías de la épica anticolonilista de Simón Bolívar, mitos indígenas arcaicos o figuras heroicas como el Che Guevara y Muktada Al-Zawarki, líder de la resitencia de Al-Qaeda en Irak. Aunque la mayoría de esas obras tienen un evidente carácter propagandístico, lucen improvisadas y carecen de factura artística y calidad de producción, responden a una necesidad profunda de representar el imaginario revolucionario del proyecto bolivariano.

En perspectiva, estas marcas urbanas de la polarización política son una expresión clara de la disputa de dos conceptos aparentemente antagónicos de la gestión cultural. Según el punto de vista de Francisco Sesto, se trata del debate entre el elitismo excluyente del pasado y la revolución incluyente del presente. Sesto es arquitecto de profesión, poeta por vocación y, hasta hace pocos meses, fue el ministro más longevo de Chávez. En un gobierno cuyos ministros van y vienen al ritmo de las fases lunares, él se mantuvo durante cinco años en los cuales le dio un giro radical a la gestión cultural.

De acuerdo con sus propias palabras, su principal misión fue la así llamada refundación institucional del sector cultural del Estado, lo que consistió esencialmente en la unificación de las diferentes áreas del quehacer cultural bajo el control del ministerio y su reagrupación a través de un sistema de plataformas y viceministerios.

Un lunes reciente, pocos días antes de que Chávez lo nombrara ministro de Vivienda y Hábitat, Sesto me recibió en su oficina para hacer un balance de su trabajo. “Lo esencial es dirigir la gestión pública de la cultura a toda la población. En el pasado eso pudo haber sucedido teóricamente, pero en la realidad no fue así. Pero hoy llegamos a todo el mundo y todas las culturas en un país que es multiétnico y pluricultural. Podemos decir que iniciamos una época de inclusión cultural, demográfica y territorial”.

Como gerente de la política cultural de la revolución bolivariana, Sesto dice que las anteriores instituciones culturales –museos, centros de cinematografía, compañías de teatro o danza– no servían porque estaban concentradas esencialmente en Caracas. En esa medida eran instituciones elitistas destinadas a satisfacer las necesidades culturales de una minoría selecta.

La hostilidad contra la gestión cultural anterior a la revolución se manifestó de forma bastante explícita con la eliminación en mayo pasado del Consejo Nacional de la Cultura que desde 1975 se encargaba de regular la gestión cultural pública. El Conac fue la culminación de un esfuerzo multidisciplinario de intelectuales, en su mayoría de izquierda, para promover distintas expresiones del arte y la cultura. Además de los museos, se desarrollaron las legendarias editoriales Monteávila y Biblioteca Ayacucho o la Compañía Nacional de Teatro y el grupo Rajatabla, que proyectaron al país fuera de sus fronteras y fueron el orgullo de la cultura en Venezuela.

A partir de 1989, con José Antonio Abreu como ministro de cultura, el músico del aclamado sistema de orquestas de Venezuela, la gestión cultural se descentralizó y muchas instituciones se transformaron en fundaciones con autonomía relativa para el manejo de sus recursos económicos. Aunque sería exagerado hablar de una Edad de Oro, no hay duda de que se generaron sólidas plataformas culturales y que en los últimos 10 años no se ha creado nada comparable.

ELITISMO Vs. UNIFICACIÓN

Al ex ministro que planificó el desmantelamiento de esta estructura no le gustan las palabras élite, personalismo, mercado. “Lo que hemos hecho va a contracorriente de lo que venía pasando con la cultura: se limitaba la capacidad del Estado reduciéndolo a la función de regulador sin capacidad para actuar. Su hubiésemos seguido esa política, la exclusión habría avanzado aun más. En este momento, hay todavía ocho estados que no tienen una sala de cine pública o privada. Si se le dejara al mercado, no habría cines, ni librerías, ni nada. ¿Cuántos estados hay que no tienen un museo de arte?”.

Como prueba del elitismo, Sesto señala que los siete museos nacionales estaban en Caracas y que los museos no trabajaban en conjunto. “Cuando llevamos a Ciudad Bolívar la Mega Exposición, el maestro Jesús Soto me dijo que era la primera vez que Armando Reverón cruzaba el Orinoco. ¿Cómo se explica esto en un país con 26 millones de habitantes, un millón de km² y 33 lenguas?”.

El personalismo era un mal aun peor que la concentración, ya que cada institución, especialmente en el mundo de los museos, era identificada con un nombre, por regla general,  el de su fundador. Esta regla debe extenderse a casi todo en un país en el que a menudo las instituciones y los nombres llegan a confundirse. El caso paradigmático es, de nuevo, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (1973), que se llegó a conocer comúnmente como el “museo de Sofía”, hasta que, en efecto, se cambió su nombre a Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Este tipo de cosas suelen ocurrir en un país cuyo nombre –por sugerencia de Chávez– fue cambiado hace apenas 10 años de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela.

Para solucionar este “desbalance”, Sesto acudió a una medida radical: eliminó de un día para otro y sin aviso ni debate público, las fundaciones mediante las cuales los museos funcionaban con una relativa independencia y las reunió en la Fundación Museos Nacionales. “La cultura de feudos tenía que ser reemplazada por una cultura de trabajo en equipo. Ahora tenemos una política cultural fuerte con instituciones articuladas”, se justifica el ex ministro. Incluso se eliminó la identidad gráfica de cada institución, gran parte de la cual había sido diseñada por los artistas gráficos más importantes de Venezuela. “La unificación de los logotipos ayudó a evitar que los museos siguieran funcionando de su cuenta y a prevenir una mayor fragmentación. Esta profunda reestructuración fue considerada por amplios sectores intelectuales un golpe de Estado cultural que subordinó a los museos al mando de una sola institución y, por supuesto, a un proyecto ideológico y político “unificado”, como dice Sesto.

Nada más cierto que los recursos culturales se concentraban sobre todo en Caracas, lo que obedece no solo a una tradición centralista, sino al hecho de que la capital es la ciudad más poblada. Por lo tanto, no está claro si, en materia cultural, el reto de la revolución era acabar con el cuasi-feudalismo institucional o transformar unas instituciones débiles y dispersas en un sistema descentralizado fuerte. Pero esto no fue lo que ocurrió. Si hoy ya no son espacios elitistas, están todavía muy lejos de ser centros para el goce estético de las mayorías. En realidad, muchos de esos museos parecen barcos a la deriva, sin programación pública, aislados de las corrientes artísticas contemporáneas, paralizados por el control burocrático de los recursos económicos, espacios desiertos y desproporcionadamente menos visitados que en el pasado. La obsesión unificadora, sumada a los efectos de la polarización política que ha alejado a muchos artistas, intelectuales, curadores y técnicos del Estado, crea la patética realidad de los grandes museos venezolanos.

Pero el problema de fondo es que los museos no son un caso aislado en el contexto más amplio de la gestión cultural pública. La situación del sector teatral y de danza es todavía más trágica. En los últimos 10 años, solamente en Caracas, han cerrado sus puertas 22 teatros, lo que implica una amenaza a diversos colectivos de teatro y danza, como lo demuestra una minuciosa investigación de la periodista Lisseth Boon. La politización de los espacios culturales que aun sobreviven es también representativa del sentido “unificador” de la gestión cultural. Sesto dice que en 2004, cuando el gobierno decidió refundar la gestión cultural, le sorprendió ver personas llorar de alegría porque finalmente podrían entrar al Teatro Teresa Carreño (TTC), dedicado desde su fundación hace 25 años a los grandes espectáculos internacionales y nacionales, especialmente la ópera. Ciertamente, el TTC ha abierto sus puertas a grandes festivales internacionales de poesía con acceso gratuito. Pero ésta es solo una cara de la moneda. La otra es la politización de los espacios culturales que todavía existen. Por ejemplo, desde 2004 el TTC ha cedido cada vez más espacio a los actos proselitistas del gobierno. En 2008 el cartel de la ópera se ha reducido a solo dos producciones. Mientras tanto, varios shows y conciertos han tenido que ser cancelados o reprogramados para ceder la sala a actos proselitistas del gobierno. De hecho, 50% de la programación del TTC, en 2007, se dedicó a actos oficiales, entre ellos 25 presentaciones del presidente Chávez.

Imponer la unificación a todo un sector es un hecho que no tiene precedentes en la historia reciente de Venezuela. Desde el punto de vista de instituciones que han desarrollado un arduo trabajo por décadas ganando muy lentamente su autonomía como sucedió, esta medida, esencialmente autoritaria, ha resultado ser un antídoto más empobrecedor y peor que la enfermedad. También es un trago amargo para artistas que valoran una tradición artística basada en la crítica disidente y que, en consecuencia, desconfían de la adhesión conformista al proyecto revolucionario. Mucho más si se considera que en declaraciones públicas Sesto y otros voceros han puesto la lealtad a la causa bolivariana por encima de los méritos y el talento individual. No es necesario decir que las voces de los puristas de la revolución han tronado contra los traidores. Obviamente, en nombre de “el proceso” más de una cabeza de artistas, obreros y gerentes culturales ha rodado al caer la guillotina. Incluso, Sesto animó a los trabajadores culturales que no están de acuerdo con el gobierno a renunciar a sus trabajos o a adoptar programas de jubilación temprana. Es paradójico, pero se trata de una revolución para la cual los sindicatos proletarios y grupos organizados han resultado particularmente incómodos.

No es sorprendente que con respecto al personalismo cuasi-feudal representado por Sofía Imber la solución haya sido un castigo rápido, severo y ejemplar. Un día, Imber, entre otros miembros de la comunidad judía, firmó un manifiesto público contra pronunciamientos de Hugo Chávez considerados antisemitas. Luego de leerlo Sesto, un hombre cortés y amable, se enfureció. “Lo que decía no era verdad. Entonces devolví el golpe. Si en esta realidad polarizada tú me golpeas con un palo, yo te doy con otro, si puedo. Hasta allí llega mi cristianismo de poner la otra mejilla”. Acto seguido dictó una orden que fue acatada como un decreto: “Dije quítenle el nombre de la señora al museo”.

¿Conclusión? La unificación forzada de la gestión cultural pública es una camisa de fuerza contra la creatividad y la independencia.

EL FONDO DEL ASUNTO

Sin embargo, la pregunta del millón sigue sin contestarse: cuánto han cambiado estas medidas tan drásticas la gestión cultural pública y si este nuevo enfoque de la cultura es realmente revolucionario.

La respuesta no es para nada evidente y quizá no se pueda reducir a un balance de lo que ha sucedido en el sector de los museos o los teatros. En el campo editorial hay cambios. Además de Monteávila y Biblioteca Ayacucho, se creó El Perro y la Rana, una editorial dedicada a la producción de libros de venta masiva a bajo precio. Se han hecho ediciones de millones de ejemplares del Quijote y Cien años de soledad, así como de algunos autores locales. Hay que decir que hoy cada ciudad cuenta con un centro cultural. Esto suena bastante impresionante. Pero resulta difícil cuantificar el impacto real porque en la revolución bolivariana, en general los balances, sean favorables o desfavorables, son de poco fiar en el mejor de los casos. Un caso aparte es la creación de la Villa del Cine, un estudio a semejanza de la antigua Cinecitá italiana, que le ha dado a la históricamente débil producción cinematográfica una cierta aura industrial y profesional. Pero aquí también se han hecho a un lado los sistemas de check and balance que existían en el pasado. La mejor prueba es el otorgamiento directo de 18 millones de dólares por parte de Chávez al actor de Hollywood, Danny Glover, para la realización en Venezuela de una película sobre la liberación de Haiti. Este aporte representa el presupuesto equivalente al de nueve películas venezolanas.

El sociólogo Tulio Hernández señala que la obsesión de llevar la gestión cultural a todo el mundo no es nueva ni exclusiva del gobierno de Chávez. Al contrario, las instituciones de la llamada era de la democracia representativa (1958-1998) se la plantearon a su manera sin poder nunca satisfacer el desideratum del Estado. Para Hernández, un reconocido especialista en estudios urbanos y políticas culturales, además de crítico del gobierno de Chávez, la concentración de la gestión cultural no resolverá el mayor problema: una verdadera democratización inclusiva que garantice el acceso a todos los públicos.

“Una gestión cultural democratizadora solo es posible a partir de la articulación de una relativa autonomía con la descentralización, esto es, a la actuación conjunta de las instituciones culturales con los gobiernos locales. Pero no en la reversión del proceso de descentralización de 1989, que todavía no ha concluido”. Hernández, quien, en los noventa, fue presidente de Fundarte, un organismo cultural adscrito a la alcaldía del municipio Libertador de Caracas, pone como ejemplos el Plan de Cultura de Colombia de 2002 y los cabildos culturales de Santiago de Chile, basados en una estructura participativa plural y descentralizada. También cita, en Venezuela, la creación del Museo del Orinoco y la restauración del centro histórico colonial de Ciudad Bolívar en la década de 1990.

Para profundizar su crítica a la retórica del separatismo cultural antielitista, asevera que, en asuntos de política cultural, el populismo de la revolución bolivariana se ha reducido al estajanovismo, en referencia al movimiento soviético que propulsaba el aumento de la productividad. “En el ministerio de la cultura les apasiona hablar de números. Aseguran que se publican millones de libros, se hacen centenares de exposiciones en centros culturales y festivales de todo tipo. El problema está en establecer el efecto de esos libros, exposiciones y festivales, quiénes y para qué se producen y si expresan las profundas necesidades culturales de los públicos. El hecho es que la gestión pública de la cultura se percibe como un proyecto proselitista de la revolución bolivariana y su afán de concentración se debe a la necesidad unitaria del régimen. Aparte de eso, después de 10 años en el poder, la revolución bolivariana no ha logrado producir una estética nítida, ni nada parecido a una vanguardia cultural, como sí lo hicieron la revolución soviética, la mexicana y la cubana”.

CULTURALMENTE REVOLUCIONARIO

¿Así que culturalmente hablando la revolución bolivariana ha sido poco menos que un bluff? Desde luego que no. Sin embargo, gran parte del potencial de renovación ha sido malgastado en una mendaz diatriba contra el elitismo, mientras al mismo tiempo se consagra un peligroso tipo de control sobre los contenidos de la producción artística creando un terreno fértil para el autoritarismo.

Buena parte del problema viene de la idea de que se debía erradicar todo lo hecho previamente a la revolución. Una visión irracional que solo puede prosperar entre mentes fanáticas e intolerantes. La otra parte ha sido caer en la trampa de intentar definir lo que es “culturalmente revolucionario” a partir del antagonismo puristas contra disidentes. Si toda disidencia al establishment chavista es antirrevolucionaria o reaccionaria, lo “culturalmente revolucionario” es aquello que respalda ese establishment. El estatismo, el burocratismo y el autoritarismo que han surgido de la combinación de estas dos visiones erróneas han devorado las buenas intensiones de inclusión, haciendo sonar cada vez más irónicos lemas propagandísticos como “El pueblo es cultura” o “La revolución de la conciencia”.

Aunque la producción cultural a cargo del Estado vive un eclipse, paradójicamente han aparecido en Caracas varios centros de arte privados y hay un boom del teatro comercial. Es una doble ironía que el mercado esté ganando rápidamente el terreno que en el pasado fue casi exclusivamente del Estado, y que esta oferta cultural se concentre mayormente, no en el oeste popular, sino en el este pudiente de la capital.

También han aparecido unos pocos centros realmente alternativos como la ONG, un conglomerado autogestionario de minorías. Su fundador, Nelson Garrido, es artista y activista cultural con un background anarquista. No es extraño que piense que la revolución bolivariana no tiene política cultural de ninguna clase. “No puedo ser nostálgico del periodo anterior a la llegada de Chávez, pero aunque fui censurado, debo reconocer que en el pasado había bastiones democráticos donde se podían hacer cosas. Hoy es incorrecto hablar de política cultural, porque no hay resultados qué evaluar. Se habla demagógicamente de llevar la cultura a las mayorías, pero eso no es cierto. Lo que hay es simplemente la devastación de lo que existía”. Por eso creó la ONG en 2003, durante los días más virulentos de la confrontación entre el gobierno y la oposición, cuando muchos artistas tomaron partido por uno de los bandos. Su propósito consistió en mantener un centro de expansión intelectual y creativa por encima de la estridencia política.

En la actualidad la ONG (un simpático juego de acronism que puede leerse como Organización No Gubernamental u Organización Nelson Garrido) se ha convertido en un refugio para muchos artistas que no se adaptan al aparato centralizado del Ministerio de la Cultura, ni a la miríada de galerías y centros de arte privados que han florecido en Caracas últimamente.

La aparición de esta clase de espacios abiertos al libre debate ideológico y estético es una reacción justa y saludable. Pero solo hasta cierto punto…, porque, como recuerda Garrido, son espacios para las minorías.

Aunque la democratización del acceso cultural siempre ha sido una aspiración insatisfecha, hace 30 años los fundadores de las instituciones culturales del pasado pre-Chávez trabajaron para promover la pluralidad artística e intelectual. Es curioso, pero a los actuales gestores de la cultura solo se les ha ocurrido que para extender el acceso y revolucionar la conciencia es necesario acabar con la pluralidad. Su única visión coherente ha sido construir una nueva hegemonía basada exclusivamente en la adhesión revolucionaria. Las víctimas de esta hegemonía son el talento, la capacidad crítica, la eficiencia y todo lo demás. Esto es profundamente antidemocrático y atenta contra la pretendida inclusión, pero es una doctrina que va penetrando en la conciencia colectiva hasta parecer natural. De seguir por esta vía, da miedo pensar cuál será el legado cultural de las próximas generaciones. Esta es una situación inquietante.

Boris Muñoz estudió literatura latinoamericana en Rutgers University y ha sido fellow de La Frontera Institute del Dartmouth College. A su regreso en Venezuela fue Jefe de Redacción de la revista Nueva Sociedad. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad Central de Venezuela y Jefe de Redacción de la revista Exceso. Su más reciente libro es Despachos del imperio, Random House Mondadori (2007).

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