
Cityscapes
Latin America and BeyondWinter 2003
Santo Domingo, Bodas, Bautizos y Emails
Alejandra Leglisse
Bodas!
¡bautizos! ¡divorcios! ¡Aquà tenemos invitaciones
para todos sus eventos, pásele güerita! Asà reciben
a los visitantes en la plaza de Santo Domingo, en el corazón del
centro histórico de la Ciudad de México. Santo Domingo es
un sobreviviente, ha logrado reinventarse y adaptarse por más de
un siglo a todo tipo de cambios, sin dejar de ser la plaza de los del
barrio.
La plaza es un pequeño oasis, que permite tomar aire por unos momentos,
antes de regresar a la agitada vida de la capital. A un costado de la
plaza está la iglesia que le da su nombre, al frente está
la vieja Escuela de Medicina de la UNAM, un elegante edificio de la época
del virreinato, que se utilizó como Aduanas y fue la sede de la
Santa Inquisición durante parte de la dominación española.
En el centro de la plaza está una pequeña estatua de bronce
de La Corregidora, Josefa OrtÃz de DomÃnguez.
Pero sin duda la parte más conocida de la plaza son sus portales,
que se extienden a lo largo de 100 metros. Ahà hay una larga fila
de puestos con pequeñas prensas planas, y linotipos tan antiguos,
que en otros paÃses serÃan consideradas piezas de museo,
que ofrecen todo tipo de impresiones. Los vendedores saltan sobre los
visitantes con todo tipo de promociones para ganar clientes. La competencia
es tan abierta y agresiva que para muchos visitantes resulta abrumadora.
Los vendedores se valen de todo su ingenio para persignarse.
En Santo Domingo, los escritorios públicos no son un recuerdo,
sino un negocio rentable. Hay más de 25 a lo largo de los portales.
Ahà los escribanos redactan todo tipo de documentos, desde simples
facturas, querellas judiciales hasta las cartas de amor que han dado fama
a la plaza.
Santo Domingo huele a viejo, pero pese a todos sus años no ha envejecido.
En las últimas décadas, los escritorios públicos
sustituyeron las máquinas mecánicas Smith-Corona, por máquinas
electrónicas IBM y ahora una nueva forma de escritorio público
se ha creado.
En el segundo piso de los portales, justo en la esquina que ve hacia la
vieja Aduana y a un costado del templo, hay un café Internet, el
único en Santo Domingo, pero a diferencia de otros en el centro
de la ciudad, a éste no van turistas, pues esta plaza, pese a todo
su palmaré cultural no es un atractivo turÃstico por excelencia.
El café Internet es para ligar, coinciden los chavos del barrio,
los clientes más jóvenes del negocio, que poco después
del medio dÃa pintan de verde y gris?os colores del uniforme
de la secundaria pública de la zona?para conectarse a Burundis,
el mejor chat para conocer chavos de todos los paÃses del mundo.
Pero los primeros en llegar, son los campesinos. Durante las primeras
horas de la mañana llegan al local vestidos con sus trajes indÃgenas
y cachucha de beisbol y con frases entrecortadas, que dejan ver su poco
dominio del español. Ellos buscan el e-mail, para mandarles correos
a sus familiares que trabajan en Estados Unidos. Ellos no entienden de
tecnologÃa, mucho menos lo que significa la revolución digital.
Por eso le piden al encargado que sea él quien escriba y lo mande
a la dirección que llevan escrita, que para ellos no son más
que garabatos. Para estas personas Internet es algo inexplicable, casi
mágico, ya no tienen que esperar mucho tiempo por una respuesta,
no necesitan un domicilio conocido para recibir y mandar correo y sus
cartas no se pierden. Es tan eficiente, que están seguros que con
Internet podrán mandarle una carta al presidente para contarle
de su pobreza y muy pronto les llegará la ayuda. Sólo necesitan
la dirección.
Alejandra Leglisse es una periodista y un Nieman Fellow en la Universidad de Harvard. Actualmente realiza un estudio sobre el impacto de la tecnologÃa en los códigos sociales en México. Ha trabajado en El Financiero, Milenio Diario, Milenio Semanal, DÃa Siete, Detrás de la Noticia/El Universal. Su contacto es leglisse@fas.harvard.edu.