
Giving and Volunteering in the Americas
From Charity to SolidaritySpring 2002
La filantropÃa peruana en perspectiva histórica:
Una Terra Incognita, Un blanco móvilFelipe Portocarrero
Hasta hace poco
la historia de la filantropía en América Latina no despertaba
mayor interés en el mundo académico. Estudios relacionados
con el combate a la pobreza o el desarrollo económico ocupaban
la atención y las prioridades de los investigadores. Incluso el
propio concepto gozaba de poca fortuna, pues se le asociaba con formas
premodernas de asistencia social. Su elusiva naturaleza -dispersa en múltiples
iniciativas y fragmentada en una diáspora de actividades-, hacía
difícil la reconstrucción de su dinámica conjunta,
la historia de sus éxitos y fracasos, la identificación
de las principales áreas en las que se concentraba su trabajo.
Igual desinterés mostraban los gobiernos, pues las políticas
públicas no reconocían la importancia que un marco legal
favorable podía tener en la promoción, desarrollo y consolidación
de prácticas filantrópicas orientadas a resolver necesidades
y carencias sociales.
Su visibilidad social, sin embargo, ha ido en aumento: las labores de
ayuda humanitaria y desarrollo ciudadano desempeñadas por hospitales,
asilos, fundaciones corporativas, colegios, organizaciones sociales de
base (comedores populares, clubes de madres, comités del vaso de
leche), grupos de voluntarios, clubes departamentales y provinciales,
entre otras organizaciones, han sido objeto de extensos reportajes en
los medios de comunicación masiva. Como consecuencia de la amplia
variedad de formas que la filantropía ha adquirido en América
Latina, académicos y funcionarios públicos han redescubierto
el enorme potencial que estas organizaciones encierran en la provisión
de servicios para la población.
No obstante, las raíces históricas de su pasado permanecen
poco conocidas. ¿Cuánto hay de continuidad y cambio entre
las prácticas filantrópicas coloniales y contemporáneas?
¿Qué papel ha jugado la Iglesia católica en esta
evolución? ¿Cuánto ha avanzado en su adecuada institucionalización?
UN
PASADO COLONIAL COMUN
Es posible identificar la existencia de algunas características
compartidas de las prácticas filantrópicas en el pasado
colonial de América Latina. Como han observado Andrés Thompson
y Leilah Landim (Voluntas 8/4, December, 1997) estas prácticas
entendidas como la donación desinteresada de tiempo y dinero
para beneficio público-, fueron introducidas por las autoridades
coloniales españolas y portuguesas en estrecha alianza con la Iglesia
católica. Las ideas de caridad y beneficencia se convirtieron en
componentes esenciales de la presencia eclesiástica y en una de
las formas más importantes que asumió la evangelización
cristiana en esta región.
¿Cuál era la postura clerical acerca de conceptos claves
como el trabajo, la riqueza y la caridad? Para la Iglesia, el trabajo
era una obligación extensiva a toda la sociedad nacida como consecuencia
del pecado original. La riqueza terrenal era considerada un ‘bien
inocente’ siempre que se ‘procure con moderación’.
En realidad, lo que le interesaba al pensamiento eclesiástico era
la forma cómo esta riqueza había sido obtenida y de qué
manera era empleada. Si es que provenía de fuente ilícita
o si era movida por un afán codicioso, la riqueza era fuente de
pecado. En todo caso, se reprobaba la acumulación de riqueza si
es que su portador no practicaba la caridad, una de las tres virtudes
teologales esenciales para cumplir con el mandamiento de ayudar al prójimo
y socorrerlo en sus infortunios y sufrimientos. Si bien es cierto que
la Iglesia reivindicaba para el pobre la veneración de Cristo,
durante el siglo XVIII algunos de sus miembros subrayaron la importancia
de no otorgar una caridad excesiva que fomentara el ocio, pues, en última
instancia, el trabajo era un deber sagrado.
Teniendo en cuenta su relación simbiótica con el Estado
colonial, la Iglesia católica fue una especie de brazo de la administración
virreinal en lo que concierne a su capacidad de organizar a la sociedad
civil en instituciones de asistencia a los sectores socialmente más
vulnerables y desprotegidos. Órdenes como las de los franciscanos,
dominicos, agustinos y, especialmente, de los jesuitas fueron cruciales,
y casi las únicas, en proporcionar establecimientos educativos,
de salud y de asistencia a los más necesitados hasta bien entrado
el siglo XIX. De esta forma, se convirtieron en los creadores de nuevos
espacios, iniciativas y valores que dieron lugar a lo que en la actualidad
denominamos filantropía. Si bien a lo largo del siglo XIX la Iglesia
católica fue progresiva y formalmente separada del Estado, su influencia
y presencia han impregnado de una manera decisiva las prácticas
altruistas y el voluntariado hasta nuestros días.
LA
FILANTROPIA DURANTE ED VIRREINATO DEL PERU
Durante la Colonia, aparecieron decenas de cofradías (o hermandades)
en todos los estratos sociales, cada una bajo la protección de
un santo patrón, que estuvieron vinculadas a gremios como los de
zapateros, botoneros, sastres y carpinteros. Se trató de una institución
colonial, mantenida en la época republicana, cuya principal función
era el ejercicio de obras pías, la administración de bienes
y la percepción de rentas. En su seno los miembros aprendían
la doctrina cristiana, recibían los sacramentos y cumplían
con ciertas devociones. Lo que tenían en común estas organizaciones
era su carácter contractual, pues sus miembros se comprometían
a cumplir con ciertas actividades religiosas conjuntas como, por ejemplo,
celebrar las fiestas de sus santos patronos. Lo que las diferenciaba,
sin embargo, era que, en el caso de las hermandades, la asociación
se formaba en torno a la veneración de un santo o la virgen, mientras
que en las cofradías se reunían personas con afinidad étnica,
laboral o de status social. En breve se convirtieron en espacios naturales
donde se compartía un espíritu de ayuda mutua, y se establecía
un sentido de identidad y pertenencia comunes.
Es necesario indicar que el culto colectivo no era el único ni
necesariamente el principal motivo para la asociación de sus miembros.
Por el contrario, el alcance de la acción social de estas organizaciones
era mucho más extenso, pues no sólo implicaba la obligación
de realizar actividades de ayuda mutua, sino también practicar
actos de beneficencia para terceros. Estas obligaciones, generalmente
expresadas en los estatutos, se traducían en el cuidado de los
enfermos o en los entierros en la capilla de la asociación.
Las élites coloniales, de otro lado, no fueron ajenas a esta preocupación
hacia los pobres. De hecho, emprendieron la realización de trabajos
caritativos y la creación de organizaciones para la provisión
de servicios sociales en un contexto autoritario y paternalista. En lo
que concierne a la educación en las ciudades coloniales su situación
y viabilidad seguía dependiendo, como todo el sector educativo,
del aporte filantrópico privado. Como lo recuerda Pablo Macera
en sus Trabajos de Historia (INC, 1997), “la escuela surgió,
así, durante la Colonia, al pie de las mandas testamentarias, junto
con la limosna y el rezo de difuntos, para alivio del pecado, como una
restitución póstuma. Corregidores, obispos, mineros y curas,
devolvieron, en vida o después de muertos, las rentas que habían
atesorado en sus cargos”.
Al igual que en el caso anterior, la provisión de servicios de
salud y la atención de mendigos o enfermos incurables no pudo ser
proporcionada satisfactoriamente por el Estado virreinal, el cual sólo
se limitó a apoyar las iniciativas privadas, tanto de laicos como
de religiosos, mediante el aporte de recursos y la aprobación de
las obras. Sin embargo, esto no significó la inexistencia de una
gran preocupación por eliminar la mendicidad y por atender a enfermos
comunes o terminales. De hecho, desde mediados del siglo XVII esta preocupación
va en aumento.
LA
SOCIEDAD CIVIL PERUANA EN LOS SIGLOS XIX Y XX
Durante las primeras
décadas de la vida republicana del Perú, las organizaciones
de autoayuda, caritativas y filantrópicas no sólo crecieron
en número, sino que también ampliaron sus funciones como
resultado de la convergencia de tres procesos. En primer lugar, la fundación
de las Sociedades de Beneficencia, es decir, de aquellas instituciones
mediante las cuales el Estado, pero, sobre todo, las élites, materializarán
sus iniciativas filantrópicas y asumirán la gestión
de numerosas obras asistenciales para la ‘humanidad doliente’.
En segundo término, desde mediados del siglo XIX, la actividad
institucional de la Iglesia católica se expande notablemente en
respuesta al desafío impuesto por la escasez inicial de personal
religioso, al mayor dinamismo de la convocatoria de las colonias extranjeras
que había que contrapesar, y a la confrontación con aquellos
sectores que reivindicaban la existencia de un Estado separado de la Iglesia.
Finalmente, la aparición de las sociedades de ayuda y auxilio mutuo,
entre los sectores obreros y artesanales, contribuirá a la multiplicación
de organizaciones sin fines de lucro y a la extensión de las prácticas
filantrópicas en el país.
Hacia mediados de la
década del 50, las masivas migraciones no sólo significaron
un enorme cambio en las fisonomía social de las ciudades, sino
también un cambio profundo en los propios migrantes, esto es, su
ingreso en los complicados caminos de la modernidad urbana y multiétnica.
Los migrantes preservaron del mundo andino las prácticas de ayuda
mutua y trabajo colectivo, algunas de sus manifestaciones culturales,
los lazos de parentesco típicos de las familias extensas que les
permitían formar redes de apoyo a los recién llegados y
a los que partían de sus localidades de origen para progresar.
Pero también sufrieron cambios en su comportamiento al fusionar
la familia con la pequeña empresa, las relaciones de parentesco
con las relaciones productivas, combinando los intereses familiares con
los colectivos, el individualismo con principios comunitarios, asociativos
y de autoayuda. La masiva presencia de estos migrantes y la incapacidad
del Estado para proporcionarles una vivienda adecuada, impulsan las invasiones
de terrenos, aparecen las barriadas marginales basadas en el principio
de autoconstrucción, surgen miles de organizaciones vecinales,
gremiales y de sobrevivencia. En suma, desde los años 50s estos
nuevos actores modificaron radicalmente el mapa cultural del país,
al introducir un nuevo dinamismo en el funcionamiento de la sociedad civil
peruana.
LA
FLIANTROPIA Y LA RESPONSIBILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL DE 'LOS DE ARRIBA'
La élite oligárquica
desarrolló múltiples iniciativas filantrópicas y
de asistencia social hacia los ‘desheredados de la fortuna’
que dejó plasmadas en sus testamentos. De acuerdo con algunos de
sus miembros más conspicuos, la prosperidad en los negocios y el
acrecentamiento de las fortunas familiares debía tener como base
la caridad cristiana, es decir, la preocupación por los menesterosos.
Una vida virtuosa no debía eludir su responsabilidad hacia los
sectores más vulnerables (locos, niños y ancianos) y expuestos
a las privaciones materiales (enfermos, madres solteras, campesinos indígenas,
pobres en general).
Sin embargo, sería un error atribuir motivaciones religiosas a todas las donaciones y actividades realizadas. Entre sus miembros existieron, además, preocupaciones cívicas, y consideraciones de orden moral y filosófico que motivaron, en algunos casos, significativos aportes para causas sociales. Al fin y al cabo, la actitud paternalista y el comportamiento asistencialista, no tenían por qué ser características exclusivas de los creyentes. En breve, una generosa compasión hacia los más pobres era perfectamente compatible con el sentido humanitario que estos sectores necesitaban para legitimarse en una sociedad con profundas desigualdades económicas y sociales.
En la actualidad, este espíritu filantrópico ha sido asumido, en forma limitada pero creciente, por la nueva élite empresarial a través de diversas formas de responsabilidad social empresarial y la creación de fundaciones corporativas. Una reciente investigación (CIUP, 2001), ha podido establecer, entre varios otros tipos, la existencia de 38 fundaciones tradicionales y 10 fundaciones corporativas. De acuerdo con nuestros estimados, basados en los estados financieros de 82 fundaciones que proporcionaron información confiable, hacia 1997 el patrimonio total de estas instituciones superaba los 93 millones de dólares y se encontraba concentrado, sobre todo, en las fundaciones tradicionales y corporativas.
Sus campos de actividad son muy variados, pues abarcan instituciones dedicadas a desarrollar iniciativas que van desde programas puramente asistenciales hasta planes de largo plazo orientados a generar un desarrollo sostenible en una zona geográfica o ámbito económico específicos. Usualmente, las poblaciones sobre las que se busca tener un impacto directo están constituidas por niños, ancianos o grupos campesinos. Pero también pueden encontrarse instituciones que realizan actividades orientadas a la promoción cultural y a la preservación del patrimonio histórico nacional o del medio ambiente. En este caso el impacto buscado no tiene como foco a un grupo social determinado, sino que más bien está dirigido a la población en general.
En suma, si bien
está emergiendo una creciente sensibilidad sobre los temas sociales
en el sector empresarial, la filantropía privada debidamente institucionalizada
es aún débil en el Perú. Para lograr la plena expansión
de sus capacidades, falta todavía un largo camino por recorrer.
Felipe Portocarrero is Profesor of Contemporary Social Thought, Department of Social and Political Sciences at Pacific University, in Lima, Peru (fportocarrero@up.edu.pe)