Chile

A Changing Country
Spring 2004

Constructing A Multiparty System in Mexico

From the Journalists' Seat
A Review by Soledad Loaeza

Julia Preston and Samuel Dillon, Opening Mexico. The making of a Democracy, New York, Farar, Straus and Giroux, 2004.

La derrota del Partido Revolucionario Institutional en la elección presidencial de julio del 2000 fue el final anticlimático de un proceso de democratización que se prolongó durante casi tres décadas. Muchos esperaban emotivas explosiones de alegría por la derrota del PRI, manifestaciones populares como las que se vivieron en Argentina, en Chile o en Polonia y Alemania del este, cuando las dictaduras de desplomaron. Pero en México los festejos en torno a la victoria de Vicente Fox no fueron muy diferentes a los de un partido victorioso en democracias ordinarias. A la media noche del día de la elección, el entonces presidente del Instituto Federal Electoral, IFE, José Woldenberg, anunció la conclusión de la jornada a un auditorio somnoliento que entre bostezos se felicitó por el éxito del proceso electoral. La rutinización del voto selló el triunfo del IFE como una institución creíble y efectiva que mediante la aplicación de nuevas reglas electorales había logrado modificar los comportamientos de ciudadanos abstencionistas y partidos defraudadores del voto.

Julia Preston y Samuel Dillon, corresponsales del New York Times en México entre 1995 y 2001, reconocieron en esta experiencia de lentitudes a veces exasperantes, el alcance profundo de los cambios discretos. Su libro, Opening Mexico. The making of a democracy recoge la calidad dramática de episodios clave que se tradujeron en una profunda transformación política. Por esta razón su libro está organizado en torno a momentos críticos que fueron perfilando una nueva conciencia política entre los mexicanos: el movimiento estudiantil de 1968; los sismos de 1985 en la ciudad de México; la tormentosa elección presidencial de 1988; el levantamiento zapatista y los asesinatos políticos de 1994; los subsiguientes escándalos en torno a los priístas y los conflictos en el interior del partido oficial; la campaña de Vicente Fox. El resultado es una crónica que por momentos alcanza los tonos de un thriller político que relata la saga de la construcción del multipartidismo en México.

Preston y Dillon escriben su historia con base en muchas historias, las de sus entrevistados. El gran regalo que nos hacen los autores de Opening Mexico son las versiones de los acontecimientos que narran desde el punto de vista de diferentes activistas y políticos que en el poder o en la oposición. A pesar de que los autores no identifican a muchas de sus fuentes, éstas son reconocibles con relativa facilidad simplemente por la versión que transmiten. Un caso notable es el de José Newman, quien en 1988 era director del Registro Nacional de Electores, y a quien muchos consideran responsable de la debacle de la elección presidencial de ese año. Opening Mexico nos relata una historia distinta, que habla de un sistema paralelo de recuento de votos, también establecido en la secretaría de gobernación, cuya existencia se rumoraba en su tiempo, y sobre el cual Newman no tenía control. Según esta versión, un tal Oscar De Lasse, estaba al frente de este programa y aquí es señalado como el frívolo que empujó a la secretaría de gobernación a comprometerse con una entrega temprana de los resultados oficiales. Efectivamente, a unos días de la elección las autoridades cometieron la imprudencia de anunciar públicamente -y sin ningún tipo de obligación legal-- que gracias a un sistema de cómputo de punta podrían dar a conocer los resultados electorales a unas cuantas horas del cierre de casillas. José Newman fue el funcionario que hizo el anuncio, en un gesto caraterístico de la arrogancia que muchos le atribuían.

Este acto de soberbia fue la piedra de toque de las oposiciones que desde muy temprano el día de la elección empezaron a exigir resultados. La negativa del gobierno condujo a la explosión de la desconfianza de los opositores en relación con las cifras oficiales y a la famosa "caída del sistema" de cómputo -que fue también la caída de la ascendente carrera política de Newman--, que en las semanas posteriores puso al país al borde del colapso institucional. La manera como está narrado este episodio, sugiere que así fue relatado a Preston y Dillon por el propio Newman, quien entonces estaría tratando de reescribir su historia por este medio. Hubiera sido interesante que los autores checaran esta versión de los acontecimientos con otros protagonistas o documentos de la época.

Al igual que el anterior, cada uno de los episodios que relatan Preston y Dillon son asuntos controvertidos en México, en torno a los cuales circulan distintas versiones. Por ejemplo, el lector puede muy bien imaginar que Manuel Camacho, militante priísta desde su juventud y frustrado aspirante a la presidencia de la república en 1994, aportó a los autores mucha de la información sobre la sucesión presidencial ese año. Lo mismo ocurre con el episodio relativo a la debacle financiera de 1994, cuyos fundamentos económicos son todavía materia de áspero debate, pero en Opening Mexico es vista desde la perspectiva de Jaime Serra, fallido secretario de hacienda, víctima o verdugo. En el libro es igualmente reconocible la voz de Liébano Saénz, secretario particular del presidente Zedillo, en la descripción de las tensiones entre este último y Francisco Labastida, el candidato perdedor del PRI el día de la elección en el año 2000. Todos estos testimonios son valiosos, aunque parciales, y desde luego no pueden ser vistos como lo que realmente ocurrió. Para los lectores no mexicanos y para los más jóvenes hubiera sido útil que Preston y Dillon dieran cabida a las versiones de otros protagonistas, así como más información a propósito de sus entrevistados, de sus motivaciones personales. Todo ello habría arrojado más luz sobre la riqueza política de los acontecimientos narrados.

En febrero de 1908 el reportero James Creelman del Pearson's Magazine publicó una entrevista con el dictador Porfirio Díaz, en la que anunciaba que no se presentaría para una nueva reelección en 1910. No sabemos si la nota tuvo algún impacto entre los lectores en Estados Unidos, pero su traducción en el periódico mexicano El Imparcial tuvo graves consecuencias políticas. A partir de ese momento se desató la contienda electoral que se resolvería en el levantamiento de Madero, la caída de Díaz y el inicio de la revolución mexicana. Desde entonces la relación entre los políticos mexicanos y los corresponsales de los medios extranjeros, en particular del New York Times es un factor de la vida política local. Corresponsales ha habido que se mezclaban tanto con la élite política que parecían tan priístas como el que más. No es, desde luego el caso de Preston y Dillon. La lectura de su libro evoca la entrevista Díaz Creelman, porque el lector tiene la sensación de que todos los entrevistados vieron en el trabajo de los corresponsales del prestigioso periódico un medio para contar su versión de los hechos, saldar cuentas con algún enemigo, o cuando menos una oportunidad para autodescribirse y plasmar para la posteridad la imagen que tienen de sí mismos, con el apoyo de la credibilidad del New York Times. Al igual que Díaz, parecen dirigirse más a un público mexicano que a los lectores en Estados Unidos. Por esta razón, uno de los aspectos más interesantes de este libro son las autodescripciones de cada uno de los entrevistados. No obstante, en este caso hubiera sido necesaria la intervención de los periodistas para restablecer el equilibrio entre lo que sus fuentes estuvieron dispuestos a decir y lo que callaron.

Opening Mexico no aspira a ser un libro académico Es la obra de dos corresponsales a quienes les tocó vivir momentos sorprendentes en la vida política mexicana, que vivieron con intensidad y buena disposición. Preston y Dillon cumplen muy bien su papel de historiadores del presente; a veces pecan de falta de malicia pero compensan con la frescura de muchas de sus páginas. Sus descripciones son mejores que sus explicaciones que sujetan al predeterminismo histórico que busca en las leyendas del pasado azteca la clave del fraude electoral, como si para entender la elección de George Bush en Florida en el 2000, buscáramos la explicación en el exterminio sistemático de los indios americanos, que desde luego, es más cercano a nosotros en el tiempo que el Imperio Azteca.

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