
Chile
A Changing CountrySpring 2004
Chile Has Changed
....but in what ways has it changed?Pedro E. Guell

Para un extranjero en viaje de negocios o simplemente de paseo, que vuelve a Chile después de algunos años, la impresión es nítida: Chile ha cambiado. Lo que ve con sus ojos confirma lo que se dice en la prensa y en los pasillos del primer mundo: el país ha realizado un exitoso proceso de reformas que parecen apartarlo de lo que, se dice, son los males históricos de la región. Los asuntos del gobierno son más estables, el crecimiento económico es sostenido, los niveles de corrupción son bajos, los ambientes son más cosmopolitas, las ciudades son más modernas y las relaciones de negocios más fluidas.
Esa impresión tiene fundamentos sólidos. Los datos del reciente Censo Nacional 2002 que muestran la evolución histórica del país, o las cifras que lo comparan internacionalmente, confirman que el país ha cambiado. Además ha cambiado para bien: la calidad de vida política y económica es hoy mejor que antes. Pero con esa caracterización basada en las cifras de la economía, del desempeño institucional o de los asuntos de la política no alcanza a decirse todo. Es más, no se muestra lo que realmente está cambiando en Chile.
Para entender la novedad de Chile hay que mirar un tipo de antecedentes distintos. En agosto del 2002 varios miles de chilenos acudieron en una mañana fría de invierno a la cita del fotógrafo Tunick, no sólo para mostrar sus cuerpos, sino para mostrar que era posible que miles de desconocidos entre sí se juntaran a formar una especie de comunidad sin temor a la mayor de las vulnerabilidades: la desnudez. Esto adquiere su significado en relación a una historia cultural que ha hecho de Chile uno de los países de la región más represivo con los cuerpos de sus habitantes y con una de las mayores tasas de desconfianzas interpersonales.
Pero las sorpresas no se han detenido ahí. La prensa ha denunciado en el último tiempo la corrupción de las instituciones públicas, los abusos sexuales de algunos miembros de la iglesia, las perversiones privadas de personas poderosas, el oscuro comportamiento de algunos jueces, las tramposas relaciones entre el poder económico y el poder político. Incluso hubo más: las películas chilenas de más éxito en los dos últimos años desnudaron con ironía la pobreza y doble estándar de nuestra vida sexual, y los medios de comunicación escritos más novedosos y entre los más vendidos se han dedicado a ironizar, destapar, cuestionar a los poderes, a las costumbres y a los prejuicios. Para valorar estos hechos hay que recordar que en Chile la comunicación pública había estado históricamente dedicada a legitimar a las instituciones y a proteger a las elites.
Tal vez uno de los síntomas más novedosos ha sido el tratamiento medial, intelectual y político del golpe de estado de Pinochet durante la recordación de sus treinta años. Fue un debate sin miedo, donde se expresaron las diferencias, las rabias, los dolores y los arrepentimientos. A treinta años de ocurrido, Chile pudo mirar uno de los episodios más oscuros de su historia con una honestidad y serenidad como no lo había hecho antes.
Hay muchos más síntomas significativos e inesperados, y seguirán apareciendo muchos más en los meses que vengan, pero no caben en estas pocas páginas. Con los que hemos mencionado hay señales suficientes para preguntarse ¿qué nos está pasando a los chilenos que estamos haciendo cosas antes impensadas o francamente temidas?
La respuesta no es muy difícil: En Chile está cambiando aceleradamente el tipo de cultura que ha definido por siglos la relación entre las personas y las instituciones del orden. Se trata, para decirlo en breve, de una atenuación de aquel temor reverencial de los débiles hacia los poderosos que les impide cuestionar el vínculo de dependencia que establecen con ellos y con sus instituciones. La novedad del cambio está en una transformación cultural que ha comenzado a debilitar dos mitos profundos de nuestra cultura política.
El primer mito es que el orden y la contención de la violencia sólo pueden ser producidos por las elites conservadoras, pues el resto del país, las masas “no ilustradas”, tienden por naturaleza a la ruptura violenta del orden y a la irracionalidad en sus demandas. En su época Pinochet actualizó y potenció este mito en beneficio propio. La exacerbación del miedo ancestral al desorden le permitió justificarse como un padre salvador y disciplinador. En sus inicios, la transición a la democracia también se apoyó parcialmente en esta tradición para asegurar la “gobernabilidad”. Puede sugerirse que es en este mito donde tiene su fundamento el rasgo autoritario y conservador de la cultura política chilena, así como la dificultad para constituir una ciudadanía no dependiente de las instituciones autoritarias en las que se sustenta el orden.
El segundo mito es que el trabajo, los bienes públicos, el apoyo del Estado sólo son posibles dentro del orden conservador construido por las elites y por lo tanto deben recibirse como un regalo que ellas hacen por propia generosidad. Consecuentemente se espera que las masas retribuyan este don mediante su obediencia y sin levantar exigencias de aumento o de mejor distribución de los bienes. Esta idea primitiva del don y de la sumisión como forma de reciprocidad social ha estado a la base de muchos de los discursos de las elites, especialmente en su concepción del trabajo y de los derechos laborales, y se ha manifestado también en la dificultad de la gente corriente para formular sus necesidades en términos de demandas y derechos. En este mito encuentra buena parte de explicación la relativa ausencia de una cultura de la igualdad como fundamento del los derechos en las relaciones sociales chilenas, a pesar de la abundancia de los discursos que la promueven.
Estos dos mitos han trabajado juntos para producir la paradójica forma de estabilidad institucional y disciplinamiento social que ha caracterizado a Chile por largos períodos y que, sin duda, lo ha diferenciado de buena parte de sus vecinos de la región. Se trata de la cohesión social basada en el temor a exigirle cuentas a una elite, porque se cree que sin su benevolencia no es posible vivir en paz y abundancia. Tal vez por eso Pinochet el día que abandono el poder en medio de las pifias del público sólo pudo pronunciar la palabra: ¡mal agradecidos¡
Esos dos mitos han comenzado a derrumbarse. El modo históricamente arraigado en que los chilenos se han entendido a sí mismos y a su manera de ser parte de la sociedad está perdiendo los fundamentos, discursos y experiencias que lo hicieron posible. Este es el cambio realmente novedoso de Chile. Hoy comienzan a aparecer nuevas formas de imaginar y construir los vínculos sociales. Pero este cambio no ha ocurrido como efecto de una crítica política o intelectual, sino como efecto no intencional de la coincidencia de muchas prácticas y aspiraciones diversas en espacios muy distintos de la sociedad. Podría afirmarse que la gran obra de la transición a la democracia ha sido haber creado, a veces de manera no intencional, las condiciones para que esas prácticas y aspiraciones se expresaran y dieran paso al cambio que comentamos.
El debate sobre el cambio en Chile que realmente importa es el que se refiere a la cultura. Hoy ya son varios los autores que han comenzado a detectar este fenómeno y a ponerle nombre. Se habla de la “desoligarquización” del país, de la “agonía” de las élites conservadoras, del advenimiento finalmente de la tan ansiada modernidad, del paso de una sociedad ordenada por el Estado a otra ordenada por el mercado, etc.
Es, sin embargo, muy temprano para ponerle nombre al nuevo sello cultural que comienza a emerger, y más temprano aún para señalar su rumbo y consecuencias futuras. Los cambios culturales siempre son tendencias difusas que se despliegan en tiempos largos y en lugares diversos. Tratar de mostrarlos y nombrarlos es siempre e inevitablemente un acto de interpretación arriesgado a partir de síntomas parciales y dispersos. A continuación intentaremos describir brevemente algunos de los procesos culturales que han estado empujando estos cambios.
El primero, y sin duda el más importante, es la individuación de la sociedad chilena. La forma de imaginar el orden social está transitando aceleradamente desde la primacía de lo colectivo hacia la primacía del individuo como sujeto del orden social. No son ya las historias y las pertenencias colectivas las que dan sentido a la vida personal, sino el propio proyecto biográfico y la lealtad a él. No es que desaparezca la vida y el orden colectivo, pero los vínculos que lo componen no se suponen ya dados de antemano con un carácter inmutable. Los nuevos vínculos son cada vez más elegidos, cambiantes, variados y deben reinventarse periódicamente para poder acoger la nueva diversidad de proyectos biográficos que se desarrollan en su interior.
Lo segundo es el auge de la demanda por libertad y autonomía y, al mismo tiempo, la afirmación de los derechos y acuerdos como forma de regulación de esas libertades. Como nunca antes en las conversaciones públicas hoy se pronuncia la demanda por el derecho a decidir la propia forma de vida y el rechazo a las instituciones que pretenden moldearla desde criterios externos a las propias elecciones. La actual discusión pública sobre el divorcio – Chile es el único país occidental que aún no tiene una ley de divorcio - es un buen ejemplo de esto. La afirmación de la libertad ha ocurrido en paralelo con el desarrollo de la idea de la política como marco de regulaciones pactadas a la libertad. Esto ha llevado a una transformación importante de la política: ella otorga cada vez menos espacio a los debates sobre la forma del orden social deseable y cada vez más a las demandas de regulación que surgen de los conflictos entre los actores privados.
Lo tercero es la transformación en el rol de los medios de comunicación. Ellos han sido uno de los actores fundamentales en la expresión y aceleramiento de los cambios culturales del país. En el Chile oligárquico los medios cumplían el rol, casi litúrgico de representar ante las masas la bondad de las instituciones del orden. Consecuentemente uno de sus códigos básicos para representar la realidad era mostrar el desborde e irracionalidad popular frente al rol civilizador de las elites. Eso ha cambiado abruptamente. Hoy los medios han comenzado a aliarse a las demandas de las masas con el fin de desenmascarar la irracionalidad y corrupción de las instituciones. Al mismo tiempo lo que antes era representado como desborde inmoral del pueblo hoy es representado como el “derecho a la entretención”. Por cierto que detrás de esto está el descubrimiento de las ventajas comerciales de satisfacer antes las demandas de los consumidores que las de las autoridades.
El cuarto proceso es la transformación de las formas de conversación. Propio de un país oligárquico que ha vivido cautelando el “buen orden” a través del temor y de la reverencia a las elites ha sido la conversación cautelosa. Lo decible y lo no decible, lo que podía aparecer en público y lo que debía permanecer privado estaba fuertemente regulado. El buen orden se pronunciaba con las palabras asépticas del derecho y la ley. Se prohibía la mención de las fuentes de la irracionalidad: el cuerpo, el conflicto, las diferencias de intereses, la sed de dominación. Para tratar con ellos se desarrolló un lenguaje de la ambigüedad y de las palabras a medias. Hoy, de la mano de la afirmación de las diferencias, del rol denunciador de los medios, de la legitimación de las pasiones populares, el lenguaje se ha vuelto desenfadado y más directo. Las obscenidades se han hecho tan normales en televisión, como la expresión de las diferencias o la afirmación de los intereses propios. En Chile, donde antes dominaba la pureza y neutralidad del vocabulario jurídico, hoy comienza a instalarse el lenguaje que nombra las pasiones del cuerpo y la voluntad del yo.
Finalmente, tal vez como una consecuencia profunda de las transformaciones anteriores, se está produciendo una reducción del temor ancestral al desorden y a las diferencias que ha caracterizado la historia cultural de Chile. En el fondo, se trata de una transformación de la imagen que los chilenos tienen de si mismos. Contra la imagen aprendida que les inculcó que ellos tienden a la destrucción irracional del orden, las experiencias de los años recientes, algunas de las cuales hemos señalado al inicio, han mostrado que se puede afirmar la autonomía, demandar los derechos, expresar los deseos, criticar las tradiciones, burlarse de las amenazas y que nada de ello tendrá como consecuencia un cataclismo doloroso. Al mismo tiempo, la paulatina instalación de la meritocracia, lo cual significa confiar en el propio esfuerzo, ha limitado el efecto paralizante de la amenaza tradicional de marginar de los bienes y del trabajo a los que se rebelan contra el orden.
Las tendencias anteriores son señales de una sociedad que está transitando desde una cultura autoritaria y conservadora a una sociedad culturalmente moderna. Este cambio es una gran oportunidad para Chile, pero también un gran desafío. Ninguna de esas tendencias asegura por sí sola que se alcance la tan ansiada modernidad en nuestras relaciones sociales. Esas tendencias también contienen amenazas. Una es especialmente importante: sin una sociedad de fuertes vínculos y sentidos sociales que sirvan de apoyo y mapa a la construcción de los proyectos biográficos la individuación se vuelve individualismo agresivo. El desafío cultural de Chile es reemplazar el orden oligárquico y autoritario por un sentido de historia y de relaciones colectivas capaz de potenciar los vínculos de solidaridad entre individuos cada vez más diversos y soberanos.
Pedro Guell is the Executive Coordinator of the Reports on Human Development of the United Nations Development Programme (UNDP) -Chile Coordinador Ejecutivo de los Informes de Desarrollo Humano del UNDP-Chile. With a PhD in sociology from the University of Erlangen-Nuremberg, Germany, he specializes in themes of cultural change. This article reflects the personal opinion of the author and does not necessarily reflect the position of the UNDP.