
Social Enterprise
Making a DifferenceFall 2006
Poverty alleviation through business
Is it possible?Roberto Gutiérrez and Iván Darío Lobo

¿Es posible aliviar la pobreza a través de los negocios?
Por Roberto Gutiérrez e Iván Darío Lobo
¿Cambian el panorama de nuestras sociedades los intentos aislados por mejorar las condiciones de vida de las poblaciones de bajos ingresos? En su introducción a esta edición de ReVista, James E. Austin y Michael Chu describen algunas experiencias poco exitosas para erradicar la pobreza, desarrolladas desde el sector público y privado. A lo largo de esta edición se han descrito nuevas aproximaciones al mismo problema. Este artículo propone observar las transformaciones sociales que resultan de las iniciativas de mercado que involucran a sectores de bajos ingresos. ¿Pueden los cambios en el nivel micro, derivados de las experiencias particulares, generar transformaciones a gran escala?
La investigación de la Social Enterprise Knowledge Network (SEKN), dedicada a las iniciativas de mercado que mejoran las condiciones de vida de poblaciones de bajos ingresos, seleccionó casos de estudio que cumplieran con el criterio de generar valor económico y social. Investigadores de nueve países han estudiado casos en los cuales son evidentes los cambios positivos en las condiciones de vida de las poblaciones en cuestión. En este artículo describiremos, inicialmente, el tipo de cambios que esa investigación ha identificado. Posteriormente examinamos si esos cambios generan transformaciones para la sociedad.
Una mirada al cambio en las condiciones de vida
El último libro de SEKN, Gestión Efectiva de Emprendimientos Sociales: lecciones extraídas de empresas y organizaciones de la sociedad civil en Iberoamérica (Washington, DC: Banco Interamericano de Desarrollo/David Rockefeller Center for Latin American Studies, 2006), define valor social como “la búsqueda del mejoramiento de la sociedad mediante la remoción de barreras que impiden la inclusión social, la asistencia a aquellos temporalmente debilitados o carentes de voz, y la mitigación de los efectos indeseables de la actividad económica”. Los casos seleccionados para la actual investigación incluyen experiencias en donde se generan distintos tipos de valor social.
Disminuir las barreras al acceso es uno de los logros más visibles en algunos casos. Hay sectores de bajos ingresos que han logrado acceder al consumo de ciertos bienes y servicios, así como algunas comunidades han sido involucradas dentro de procesos productivos. En la medida en que disminuyen las barreras al acceso, las comunidades han podido participar en los mercados laborales, y obtener factores de producción y capital financiero.
Al permitir el acceso al mercado laboral hay un paso hacia la inclusión. La crisis económica de principios de la década en Argentina unió a un grupo de recicladores de Buenos Aires en una cooperativa denominada El Ceibo. Con el compromiso de sacar adelante la cooperativa, muchos recicladores debieron acomodarse a horarios y responsabilidades que nunca habían experimentado. De esa manera la cooperativa se convirtió en un campo de entrenamiento para futuros trabajos. Los prisioneros que recobran su libertad son otro grupo con grandes barreras de acceso al mercado laboral. Entre las pocas oportunidades disponibles para ellos se encuentra Recycla, una empresa chilena que emplea ex convictos temporalmente hasta que pueden encontrar nuevos trabajos. Recycla se ve a sí misma como un ambiente de transición entre la prisión y el trabajo remunerado; como afirman los directivos de la empresa, al reciclar componentes electrónicos y metales no ferrosos, también se “reciclan vidas”.
El acceso a los factores de producción ha beneficiado significativamente a los trabajadores de empresas productoras de aceite de palma en Perú y Colombia. En una apartada región de la amazonía peruana, la empresa Palmas del Espino contribuyó a que invasores de tierras y productores de cultivos ilegales se convirtieran en miembros de una asociación de producción agrícola. Algunos años antes, en 1995, la empresa colombiana Indupalma había iniciado un proceso similar, ayudando a sus trabajadores a organizarse en cooperativas para adquirir maquinaria y tierra. Cinco años después, 900 trabajadores en 20 cooperativas eran los principales proveedores de fruto de palma para la empresa en la región nororiental del país.
Durante los últimos años han disminuido las barreras de acceso a los mercados financieros gracias al esfuerzo decidido de muchas organizaciones. En la actualidad hay servicios financieros innovadores como complemento a la oferta de crédito para microempresas y pequeñas empresas. Cemex, por ejemplo, creó un programa para trabajadores de bajos ingresos en los Estados Unidos para facilitar la transferencia de una parte de sus ahorros a sus familias en México, de manera que éstas pudieran invertir en la construcción o el mejoramiento de sus viviendas. A través de diversos mecanismos, esta multinacional de la industria del cemento facilita que el dinero se convierta en otro tipo de activo de un país a otro. El crédito de consumo es otro campo en el que empresas como Codensa contribuyen a mejorar la calidad de vida de 300.000 de sus clientes en Bogotá: la mitad de ellos tiene un ingreso inferior a $300 dólares mensuales y la tercera parte nunca ha tenido acceso al crédito. La empresa, proveedora de energía eléctrica, ofrece a sus clientes créditos de consumo que son canalizados con la cuenta mensual del servicio de energía. La mayoría de esos créditos son usados para adquirir electrodomésticos como neveras, lavadoras y televisores.
Las iniciativas de mercado para poblaciones con bajos ingresos generan otro tipo de valor social al fortalecer a grupos debilitados. Hay grupos que no solo sufren por tener un bajo nivel de ingreso, sino también por la discriminación de que son objeto por el tipo de actividad que desempeñan o por carecer de ciertas habilidades. Las organizaciones que trabajan con estos grupos de población enfrentan los desafíos de fortalecer sus capacidades y desarrollar condiciones favorables para que puedan participar en la economía.
En la región del Bío Bío, al sur de Chile, las mujeres recolectoras de frutos silvestres eran maltratadas por los intermediarios que les compraban sus productos. Estas mujeres afrontaban no solo un ingreso bajo sino el poco respeto que su labor tenía en sus comunidades. Fue entonces cuando la organización sin fines de lucro Taller de Acción Cultural decidió trabajar con ellas. El respeto por su trabajo y saber tradicional aumentó significativamente en la medida en que estas mujeres se organizaron en ocho comunidades locales y establecieron relaciones con la industria forestal. Valorar su actividad como recolectoras ha tomado años; al igual que con otros grupos debilitados como los recicladores o los artesanos, al organizarse y participar ganan voz y enfrentan nuevos desafíos.
La participación tiene muchas facetas: puede venir como resultado de la membresía en una asociación o sencillamente como el potencial de participar en la economía de consumo. En las sociedades capitalistas, la ciudadanía está relacionada con la participación en diversos mercados; un individuo incapaz de acceder a los mercados laborales o de consumo, por ejemplo, es marginado de la sociedad. Al disminuir las barreras de acceso a la economía de mercado, las empresas atienden grupos debilitados; de acuerdo con los directivos de Codensa, disfrutar de las comodidades modernas significa “validar a las personas como ciudadanos”. Para satisfacer otras necesidades de los hogares, Codensa actualmente ofrece pólizas de seguro a través de su programa de crédito. En una encuesta hecha por la Superintendencia de Servicios Públicos (la entidad del gobierno colombiano que regula la provisión de estos servicios), el 54% de los encuestados percibió una mejora en la calidad del servicio durante los últimos diez años, y el 84% manifestó que su calidad de vida era mejor.
Por otra parte, el fortalecimiento incluye desarrollar capacidades técnicas, administrativas y empresariales. Por ejemplo, Cativen, la cadena de supermercados más grande de Venezuela, realiza esos tres tipos de fortalecimiento como parte de su estrategia para establecer vínculos directos con sus proveedores. Otra parte de esa estrategia es desarrollar contratos de largo plazo con los agricultores para garantizar condiciones favorables de volumen y cantidad. El acompañamiento y el manejo del riesgo han sido claves para conformar una cadena de valor basada en relaciones más cercanas. De esta manera el negocio de Cativen prospera a la vez que sectores con bajos ingresos, en zonas rurales, son beneficiados por las capacidades que desarrollan y el tipo de contrato que suscriben.
Un último tipo de valor social generado por ciertas iniciativas tiene relación con el impacto ambiental. En el 2001 la empresa productora de aceite de palma más grande de América Latina, Agropalma, inició un proyecto para involucrar a las familias como proveedoras en el norte de Brasil. Así logró disminuir sus costos de producción y redujo el impacto negativo en el medio ambiente. Estas familias, habitantes de la región en que opera Agropalma, tienen hoy la capacidad de desarrollar otros tipos de cultivos, además de la palma, que contribuyen a la recuperación de la tierra. La migración se ha reducido y las familias han establecido vínculos permanentes con la empresa.
Varios casos han servido para ilustrar los beneficios de la disminución de barreras de acceso a recursos y productos, del fortalecimiento comunitario y de la disminución de los impactos ambientales negativos. ¿Son estas iniciativas casos aislados o generan un impacto social creciente?
¿Generan transformaciones sociales las iniciativas de mercado que involucran a poblaciones con bajos ingresos?
Es deshonesto usar un lenguaje positivo para referirse a la autonomía y el potencial de los pobres, y al mismo tiempo reafirmar su identidad como pobres que, por definición, deben cambiar –con la ayuda de terceros- para volverse más parecidos a ese mundo “desarrollado” que está afuera.
Jem Bendell
Medir el impacto social es un asunto crucial. ¿Cómo saber si las sociedades están siendo transformadas a través de las iniciativas empresariales? Varios de los ejemplos mencionados en este artículo muestran a los sectores de bajos ingresos en roles distintos a los de consumidores. Cuando es el consumo lo que está en juego, ¿cómo juzgar su impacto social? ¿Podemos hablar de “empoderamiento” cuando la gente consigue aumentar su consumo de ciertos productos?
Surgen muchas preguntas cuando las empresas son la unidad de análisis. Cualquier empresa tiene impacto en múltiples grupos de interés. Un pequeño proyecto que genere algún tipo de valor social no ha de distraer la observación de los impactos negativos de la operación empresarial; al fin y al cabo, una buena campaña de relaciones públicas puede encubrir muchos perjuicios. En el nivel agregado, ¿cuáles son los costos ambientales de incrementar la producción y el consumo?
Todas estas son preguntas muy difíciles de responder. Otra manera de aproximarse al tema más general de la transformación social es considerar los cambios de perspectiva sobre desarrollo social que surgieron durante la segunda mitad del siglo pasado. En la década de los sesenta arreciaron las críticas a la provisión de bienes para los más necesitados: se decía que lo que la gente más necesitaba era la habilidad de conseguir las cosas por ellos mismos. “Dale a alguien un pescado, y calmarás su hambre por un día; enséñale a pescar y lo alimentarás durante toda su vida”, era un refrán común. En la década de los noventa la idea evolucionó: saber cómo obtener las cosas era una habilidad limitada; lo clave era saber cómo organizarse. Desde entonces la pobreza dejó de ser entendida, únicamente, como la carencia de recursos materiales, sino como la inhabilidad de controlar las circunstancias propias. En consecuencia, el subdesarrollo consiste en esperar a que otros le resuelvan a uno sus problemas, mientras que el desarrollo es la capacidad de forjarse el destino propio mediante procesos económicos, políticos y sociales. Una comunidad fuerte y saludable es aquella cuyos miembros se organizan para definir su propio futuro y generan entre ellos participación, organización e interdependencia.
Las transformaciones sociales surgen cuando aumenta la capacidad de organización y acción colectiva (i.e. bonding social capital), cuando las organizaciones trabajan en red (i.e. bridging social capital), y cuando individuos y organizaciones interactúan con las instituciones gubernamentales para ampliar el alcance de las operaciones locales (i.e. linking social capital). Con esta lente vamos a examinar el impacto de las iniciativas de mercado que quieren mejorar las condiciones de vida de los sectores con bajos ingresos.
En los siguientes párrafos consideraremos los mecanismos a través de los cuales estas iniciativas son replicables e incrementan su alcance. Una característica crucial es la creación de nuevas organizaciones. En la medida en que aumenta la capacidad de acción colectiva, aumenta la probabilidad de que las comunidades con bajos ingresos adquieran autonomía. No obstante, organizarse es un proceso lleno de dificultades y desafíos. Por esa razón todo proceso de organización requiere el desarrollo de habilidades específicas y un acompañamiento adecuado. El fortalecimiento organizacional hace posible la existencia de organizaciones independientes. En ocasiones son las mismas poblaciones con bajos ingresos las que alcanzan estos logros, como en el caso de la cooperativa El Ceibo. En otros casos son las empresas las que promueven el fortalecimiento organizacional para tener una interacción saludable que disminuya sus costos de producción y distribución. Otra manera en que las empresas ayudan a otras organizaciones es disminuyendo algunos de los riesgos propios de los negocios. Los contratos son la vía formal para lograr esa reducción, pero la confianza es -en últimas- lo que permite el desarrollo de las relaciones previas a esos contratos. El papel de la confianza es especialmente relevante en contextos en los cuales es costoso garantizar el cumplimiento de los acuerdos.
Un conjunto de organizaciones fortalecidas enfrenta mejor las presiones competitivas para incrementar la eficiencia en las cadenas de valor. El fortalecimiento de los vínculos entre las organizaciones es la columna vertebral de las redes organizacionales consolidadas. Los sectores de bajos ingresos pueden hacer parte de esos clusters, pero deben luchar para abrirse un espacio en los eslabones de la cadena en donde son apropiadas la mayor parte de las utilidades. Aquellos que más se benefician de esos excedentes –actores económicos con grandes capitales y alto poder de negociación- tienen pocos incentivos para compartir sus ganancias económicas con grupos emergentes. Esa fue la lucha que acometió Apaeb, una asociación brasilera de pequeños agricultores de fique en Bahía. Los miembros de la asociación lograron ir más allá del cultivo de la materia prima para producir y comercializar alfombras y tapetes. Con recursos escasos, los agricultores tuvieron que enfrentar la legislación que prohibía la creación de cooperativas de pequeños productores, ir en contra de fuerzas políticas para quienes no era conveniente perder influencia sobre ciertas comunidades agrícolas, y afrontar los intereses comerciales y las prácticas monopolísticas de los comerciantes. Apaeb es un caso excepcional pues ilustra muy bien las múltiples fuerzas que limitan las posibilidades de cambiar las condiciones de vida de comunidades con bajos ingresos.
Tampoco es común que las poblaciones con bajos ingresos tengan voz en los debates de política pública. La capacidad de participación en los espacios públicos de concertación es todavía un tipo de capital social difícil de alcanzar para muchos grupos. No obstante, como reza el dicho, “la excepción confirma la regla”. Algunos recicladores en Colombia se han organizado y han movilizado asistencia legal para luchar por sus derechos. Su causa no solo ha despertado una respuesta apática de parte del Estado sino que ha aumentado la tendencia a privatizar la disposición final de los desechos. Aún así, los recicladores lograron tres victorias legales en los últimos años: primero lograron cambiar una parte de la legislación que le daba propiedad sobre los desechos al Estado y a los individuos; también cambiaron otra ley que exigía que las empresas de servicios públicos tuvieran accionistas; y, finalmente, lograron posicionar políticas de acción colectiva a favor de la participación de los recicladores en los servicios de limpieza de Bogotá.
Las historias exitosas tienen, por lo menos, dos peligros: ponen el énfasis en las posibilidades y no en las barreras estructurales que hay que superar, y abren la puerta para que los gobiernos se desentiendan de las responsabilidades que les corresponden. Por ejemplo, los logros de las organizaciones con y sin fines de lucro en la provisión de servicios para las personas con menores ingresos (como en el caso de la provisión de servicios de salud), brindan incentivos para que algunos funcionarios públicos dejen de cumplir su labor.
En el ámbito de las posibilidades, las iniciativas de mercado que involucran a sectores con bajos ingresos pueden generar transformaciones sociales. Las oportunidades para generar acción colectiva han aumentado con nuevas experiencias en diversas áreas y el sector público ha sido clave en potenciar los esfuerzos organizativos de muchos grupos de bajos ingresos. Sin embargo, son pocos los casos en que este tipo de poblaciones se han podido beneficiar con el fortalecimiento de los vínculos entre las organizaciones y la participación en los espacios públicos de concertación. Muy pocos esfuerzos organizativos han logrado superar los desafíos y falta de recursos de los cuales el bajo nivel de ingreso es tan solo una parte. La mitigación de la pobreza a través de los negocios en efecto sucede, pero en lugares y circunstancias aisladas. Está por verse si esas iniciativas pueden generar resultados a gran escala.
Roberto Gutiérrez es Profesor Asociado de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes. Actualmente coordina la Social Enterprise Knowledge Network (SEKN). Iván Darío Lobo es Instructor de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes. Ambos hacen parte de la Iniciativa en Emprendimientos Sociales (IESO) de la misma Facultad.
Bendell, J. “From Responsibility to Opportunity: CSR and the Future of Corporate Contributions to World Development.” MHCi's Monthly Feature, February 2005, p. 2.
Roberto Gutiérrez is an Associate Professor in the School of Management at the University of Los Andes. He currently chairs the Social Enterprise Knowledge Network (SEKN). Iván Darío Lobo is an Instructor in the School of Management at the University of Los Andes. Both collaborate with the Program on Social Initiatives (IESO for its acronym in Spanish) at the University of Los Andes.