Social Enterprise

Making a Difference
Fall 2006

Chile: Adding Value to Wild Fruits

A Chilean Experience
Mladen Koljatic and Mónica Silva

A comienzos del año 2000, Verónica Salas manejaba a través del campo chileno afectado por la pobreza. Al pasar frente a una mujer y dos jóvenes que recogían bayas a la orilla del camino, los saludó, pero ellos en vez de devolver el saludo se escondieron bajo los matorrales. Más tarde se enteró que aunque los campesinos normalmente eran accesibles y agradables, no les gustaba que los vieran recogiendo frutos u hongos.

La recolección de frutos silvestres no era una actividad bien considerada, pues era vista como un trabajo ingrato realizado por mujeres y niños. Incluso los hombres desempleados se negaban a realizar la agotadora y mal pagada actividad de cosecha. Los intermediarios que compraban las bayas y hongos silvestres a los campesinos, los cuales eran altamente perecibles, hacían la ganancia vendiendo a los distribuidores al por mayor. Llegaban por la tarde en sus grandes camiones y los campesinos no tenían poder negociador. Era simplemente tomarlo o dejarlo, y ellos no tenían otra opción más que tomarlo; de otra forma los frutos se echarían a perder y no valdrían nada.

Salas, una graduada de la Universidad Católica de Lovaina y líder de la organización sin fines de lucro chilena dedicada al desarrollo comunitario—Taller de Acción Social (TAC) —, se preguntaba si sería posible organizar a los recolectores de frutos silvestres para que desarrollaran su propia iniciativa de negocio. De esa forma, podrían eludir a los intermediarios y tratar directamente con los que comercializaban el producto. Se daba cuenta que ésta no sería una tarea fácil. En primer lugar, los recolectores no eran una comunidad, vivían en remotos pueblos rurales o en el campo, con muy poca educación formal y escasos lazos entre ellos. El equipo del TAC había sido muy exitoso en fortalecer comunidades que tenían un sentido de identidad, pero este no era el caso de los recolectores. Comprendía que necesitarían formar una identidad y crear vínculos para colaborar unos con otros; el entrenamiento en destrezas básicas simplemente no sería suficiente. “Sabía que sí queríamos ser exitosos necesitaríamos empezar desde cero”, comentaba Salas. “Primero teníamos que juntar a los campesinos y crear las condiciones para que, a pesar de estar dispersos y relativamente distantes unos de otros, pudieran convertirse en ‘vecinos’. En otras palabras, deberíamos preparar el terreno para que pudieran transformarse en una comunidad. En todas nuestras experiencias previas habíamos empezado con programas de alfabetización y formación inspirados en el modelo desarrollado por Paulo Freire. Sin embargo, esta vez, necesitábamos construir primero un sentido de comunidad y, más importante, infundir dignidad al trabajo”.

Con el objeto de llevar a cabo el desafío, Salas y su equipo trabajaron con datos del censo para escoger un área geográfica apropiada. Optaron por la Región del Bío-Bío, la segunda región más pobre del país, ubicada relativamente cerca de Santiago, lo que permitía viajes de trabajo fáciles para el equipo del TAC y que también tenía una de las tasas de desempleo más altas de Chile: 9,7% para los hombres y 17,4% para las mujeres. Aunque la región albergaba grandes empresas forestales y negocios agrícolas y de pesca, la mecanización de las faenas se había traducido en puestos de trabajo sólo para unos pocos. El resto tenía que encontrar trabajos mal pagados como obreros agrícolas y complementar sus exiguos salarios con el ingreso de las actividades de cosecha de las mujeres y niños de la casa.

Salas describe como el TAC identificó seis grupos en diferentes comunidades. “Comenzamos golpeando puertas para presentarnos”, relata. “Nos encontramos con lo más pobre de lo pobre de nuestro país. Gente que vivía en condiciones extremas de aislamiento, en un estado de miseria que afectaba todas las dimensiones de su existencia. Los recolectores no vivían en áreas de fácil acceso y sus casas estaban separadas por kilómetros. Muchas de las familias no tenían agua potable o electricidad. A menudo los hogares eran encabezados por mujeres solas que tenían que soportar todo el peso de alimentar a sus hijos hambrientos, manteniéndolos abrigados y saludables durante los meses de invierno, traer agua fresca diariamente, recolectar leña para la estufa… Descubrimos su fuerza, su sensibilidad y su sabiduría, lo que hizo que nuestros esfuerzos por alcanzarlas valieran más que la pena. Muchas veces, para llegar a ellos, teníamos que viajar a través de caminos rurales llenos de barro, en muy mal estado. A algunos lugares sólo podía llegarse a pie, a veces dos o tres horas de recorrido desde una deteriorada estación de tren. Si por casualidad perdíamos el tren significaba quedarse aislada por dos o tres días en medio de la nada, en una época en que no teníamos teléfonos celulares”.

El TAC entonces comenzó a organizar convenciones regionales de recolectores, haciendo hincapié que cualquiera —hombre o mujer— era bienvenido y pagando los gastos de transporte y alojamiento. La primera reunión se llevó a cabo en la ciudad de Chillán el año 2001.

Salas estaba consciente de la necesidad de infundir dignidad al trabajo realizado por los recolectores y de darle valor a la actividad. Los campesinos debían darse cuenta de la conexión entre su historia y sus tradiciones, y el rol de la recolección en la sustentabilidad de sus vidas y cultura. El conocimiento acumulado en el proceso de siglos de cosecha de frutos silvestres había jugado un importante rol en la subsistencia y desarrollo de los nativos, y ahora podía convertirse en un valioso activo. El TAC dedicó recursos y esfuerzos para ayudar a los campesinos a desarrollar un auténtico sentido de identidad y orgullo en esta actividad, y aparentemente tuvieron éxito en levantar su autoestima, de acuerdo a lo expresado por Panchita Rodríguez: “La recolección de frutos silvestres ha sido hecha históricamente por campesinos e indígenas, es (una actividad) ancestral. Las mujeres y hombres del campo siempre hemos sacado de la naturaleza lo que necesitamos para sobrevivir, para mejorar nuestra dieta alimentaria, para alimentar a nuestros animales, para construir nuestras casas, para usar en artesanía… La cosecha de frutos silvestres distingue a nuestra gente por lo que hace y también diferencia a las comunidades locales y se expresa en festividades locales”.

La reunión en Chillán sirvió como punto de partida para establecer una red colaborativa entre la gente y las comunidades. Salas observa: “En esa época los frutos cosechados no eran valorados, en parte por el reducido precio pagado por los intermediarios. De hecho, la mayoría de las mujeres no los usaban en la preparación de comidas. Entonces pensamos que sería una buena idea estimularlas a descubrir cuán buenos eran y cuán altamente los valoraba la gente de la ciudad que los compraba. Les enseñamos a preparar una variedad de nuevos platos, como pollo con champiñones, los cuales comíamos todas juntas. Para que ellas valoraran su trabajo, arreglamos visitas a las empresas agroindustriales que compraban sus productos de los intermediarios, a fin de que vieran con sus propios ojos el producto final de su labor. Muchas nunca se habían dado cuenta que sus frutos eran sometidos a un proceso de limpieza y deshidratación antes de ser empaquetados y vendidos a los clientes, y estaban impresionadas de ver lo bien que se veían”.

Pero lo que finalmente aumentó la confianza en su actividad vino de un evento fortuito. Uno de los más prestigiosos programas de un canal de televisión local supo de las nacientes comunidades de recolectores y decidió hacer un programa que documentara sus esfuerzos. Cuando los recolectores se vieron en televisión, se sintieron dignificados y validados como trabajadores.

Salas comprendía que la dignidad era un ingrediente necesario pero no suficiente para sacar a los recolectores de su condición marginal. Tenían que soñar con un futuro mejor y actuar para lograr un mejoramiento en sus condiciones de vida. La forma de llevar a cabo esto era organizarse en una empresa para vender sus productos directamente a las agroindustrias y obtener un mejor precio. Así, las reuniones posteriores organizadas por el TAC en Chillán incluyeron módulos dirigidos a entrenarlos en destrezas de negocios de importancia vital. Ejecutivos de las agroindustrias, académicos de la Universidad de Concepción y funcionarios del gobierno local fueron invitados a compartir sus conocimientos con los recolectores, para ayudarlos a organizarse en unidades productivas y a desarrollar una estrategia de negocios válida. Con la ayuda del TAC la naciente organización realizó un exhaustivo ejercicio de planificación estratégica, analizando las fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas. Esta acción identificó las necesidades de entrenamiento y apoyo con la intención de preparar el terreno para el desarrollo de una iniciativa de negocio exitosa.

Las comunidades de recolectores pronto se dieron cuenta que una buena forma de obtener un mejor precio por sus productos era deshidratar los frutos y vegetales y venderlos ya procesados a las agroindustrias. El Departamento de Tecnología en Alimentos de la Universidad de Concepción jugó un rol vital entrenando a los recolectores en la deshidratación de su producto y entregando apoyo técnico con el primer horno deshidratador, el cual les permitió entrar al mundo de la producción masiva. Secaban y empaquetaban sus productos, vendiéndolos directamente a la agroindustria nacional y también en mercados externos. Deshidratando el producto fresco podían obtener cinco veces su valor. Adicionalmente, si expandían la gama de productos incorporando vegetales y hierbas, podrían ampliar su trabajo de una actividad temporal a una de todo el año.

Para el 2006, la organización había recorrido un largo camino. Habían creado la Coordinadora Regional de Recolectoras y Recolectores del Bío-Bío (en adelante, Coordinadora), una entidad de gobierno que dirigía, representaba y comercializaba los productos de ocho comunidades locales de recolectores. Cada comunidad elegía a dos líderes de un consejo que se reunía una vez al mes para supervisar la cadena de producción y comercialización. La información era compartida por los líderes con todos los miembros de su comunidad y emitían un reporte público de costos e ingresos, con el objeto de fomentar la transparencia y la responsabilidad. Salas continuó apoyando la naciente iniciativa de negocio, acudiendo a las reuniones mensuales y colaborando con los recolectores-administradores en las decisiones de venta y distribución.

La Coordinadora desarrolló una red de colaboración con empresas forestales y agrícolas, por lo que a los miembros de las ocho comunidades se les permitió recolectar frutos en sus propiedades, un área que anteriormente les estaba prohibida. Por años las compañías habían impedido la entrada a sus tierras a los recolectores por miedo a que pudieran accidentalmente comenzar un incendio. Para aplacar estas preocupaciones se alcanzó un acuerdo que especificaba las condiciones y precauciones que deberían seguir los recolectores. Ambas partes ganaron con este arreglo: los recolectores tenían acceso a nuevos sitios de cosecha y las empresas obtuvieron su benevolencia y la aprobación de la comunidad local.

Salas expresa con satisfacción: “Este es un primer paso que se ha transformado en un ingreso mensual estable, aunque pequeño, para los recolectores de la Coordinadora. Incluso para aquellos recolectores de la Región del Bío-Bío que no son parte de esta organización de negocios ha habido consecuencias positivas. La competencia ha provocado que los intermediarios paguen más altos precios por sus productos. Hay más de 200.000 recolectores en el país. Si pueden replicar esta iniciativa hay esperanza de que la pobreza rural pueda ser derrotada algún día. La superación de la pobreza no es un asunto de dar dinero a las personas. La gente pobre a menudo ha perdido su dignidad y su habilidad para soñar un mundo mejor con un horizonte prometedor de oportunidades de negocio. Necesitamos empoderarlos ayudándolos a recuperar la autoestima y ofreciéndoles las herramientas para que sean parte de la sociedad más amplia…”

COORDINADORA REGIONAL DEL BÍO-BÍO: ALGUNAS CIFRAS

Al año 2006, 70 personas (57 mujeres y 13 hombres) eran miembros de la Coordinadora. El total de familiares que se beneficiaba de esta iniciativa era de 280 personas.

Año a año, sus ventas aumentaban rápidamente. En el 2004 el total de las ventas ascendió a US$ 2.120, el 2005 a US$ 8.380 y, entre enero y junio del 2006, ya sumaba US$ 18.620. El año 2006 la Coordinadora había firmado un contrato con una empresa distribuidora nacional para entregar hierbas medicinales en supermercados de todo el país. También estaba expandiendo su mercado internacionalmente, pues había recibido un importante pedido de exportación de hongos para Suecia.


Mladen Koljatic es profesor de la Escuela de Administración de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tiene un MBA de la Universidad de Michigan y un doctorado en educación de la Universidad de Indiana. Enseña cursos de marketing y, más recientemente, de responsabilidad social corporativa y dirección de organizaciones sin fines de lucro.

Mónica Silva es investigador asociado de la Escuela de Administración de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Psicóloga, con un Ph.D. en psicología educacional de la Universidad de Indiana, se especializa en evaluación educacional y métodos de investigación.

Mladen Koljatic is a faculty member of the School of business Administration at the Pontificia Universidad Católica de Chile. He holds an MBA from the University of Michigan and a doctorate in education from Indiana University. He teaches courses on marketing and more recently on corporate social responsibility and management of nonprofit organizations.

Mónica Silva is an associate researcher at the School of Business Administration at the Pontificia Universidad Católica de Chile. A trained psychologist with a Ph.D. in educational psychology from Indiana University, she specializes in educational assessment and research methods.

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