Social Enterprise

Making a Difference
Fall 2006

Argentina: Recover Them from Oblivion. Recover the Community’s Ability to Produce

Cristina Lescano and El Ceibo
Gabriel Berger and Leopoldo Blugerman

POR GABRIEL BERGER Y LEOPOLDO BLUGERMAN

Los sectores de bajos recursos (SBI) a menudo enfrentan severos obstáculos y tensiones para actuar colectivamente. Pero un pequeño grupo conformado por 40 familias de un barrio de Buenos Aires, sobreponiéndose a esas barreras, se organizó para cambiar la conciencia de los residentes de Palermo, un barrio porteño de moda.

Los inicios: organizándose para sobrevivir

En Palermo, nuestro barrio, en 1989, solíamos juntarnos mientras tratábamos de hacernos de comida, etc. Éramos siete mujeres, todas con nuestros chicos. Estábamos afuera de la ley porque éramos “okupas”, es decir, que vivíamos en casas que no nos pertenecían legalmente y que estaban abandonadas. Imaginate: jóvenes, y muchas de nosotras además siendo madres solteras, apenas si teníamos para vivir… Era una época de hiperinflación, el presidente Alfonsín acababa de renunciar… Nosotras, o yo, -a quién le importa-, necesitábamos hacer algo…

Arribando a Buenos Aires desde la sureña Patagonia a mediados de los 80, Cristina Lescano obtuvo un trabajo en el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, desempeñándose como trabajadora social. Pero perdió ese puesto unos años después por razones políticas. Sin empleo, y con el fantasma hiperinflacionario de fondo, así es como se inicia la historia de la fundadora de la cooperativa y habitante de Palermo. Con este marco comienza la trayectoria de una mujer que decidió organizar a gente como ella y luchar para mejorar su situación, inicialmente, enseñando salud reproductiva y movilizando a las madres para obtener píldoras anticonceptivas. Al mismo tiempo, comenzó a estructurar una organización para defender las casas que ilegalmente estaban ocupando, pero que habían estado vacías desde los 70, cuando el gobierno militar desahució a sus anteriores ocupantes porque por esa zona se tenía planeado construir una autopista que finalmente nunca se erigió.

El abandono parece ser un hilo conductor a través de la historia de Cristina: el proyecto abandonado de la autopista, las casas abandonadas y las personas pobres tomando esos hogares para encontrar algún tipo de refugio. Pero siempre alguien intenta hacer algo para evitar el ciclo del olvido. Así entonces es como comienza la historia de Cristina y el origen de El Ceibo.

A través del final de los 80 y el principio de la década del 90, El Ceibo creó o se integró a una red de grupos de base para defender a los ocupantes ilegales de las casas que de otro modo estarían desocupadas, inclusive trabajando con la administración de la ciudad de Buenos Aires para formar esta red. Durante este proceso, el alcance de sus actividades creció, proveyendo apoyo social a madres solteras y familias pobres, dándoles un lugar compartido para expresar sus problemas, ayudándolos a obtener documentos de identidad que les permitiesen acceder a servicios sociales y otros, y ayudando a sus hijos a obtener becas escolares.

Fines de los 90: Estrategias para generar ingresos

Como no podíamos obtener trabajo desde hace años, cartonear era nuestra única oportunidad para sacar unos mangos.

Al final de la década anterior, las actividades de este grupo débilmente institucionalizado continuaron evolucionando mientras la situación en el país se fue inestabilizando cada vez más, con crecientes tasas de desempleo y pobreza. Muchas familias y grupos de SBI comenzaron a ver a la recolección de basura como una estrategia de sobrevivencia para obtener algún ingreso. Los cartoneros escarbaban en la basura para rescatar lo que sea que se pueda reciclar y vender a intermediarios. Esta actividad estaba prohibida por ley, así que los cartoneros estaban forzados a trabajar por la noche, en pequeños grupos o individualmente, usualmente pagando sobornos a algunas autoridades locales.

Se podría decir que por esas fechas en el barrio la basura parecía estar mejorando. Formando parte de lo que alguna vez había sido un barrio de clase media con casas bajas y amplias lejos del centro, una parte de Palermo se transformó a fines de los 90 en el trendy Palermo Soho, haciendo recordar a los visitantes al Soho de New York, al Barrio Gótico barcelonés o a la zona próxima al Boulevard Saint Germain des Prés en París. Cristina recuerda el silencio y el canto de los pájaros como algo inseparable del viejo Palermo, un área amada por uno de los más prestigiosos escritores argentinos, Jorge Luís Borges.

Mientras la economía argentina se transformaba en una estancada tierra de nadie, con altas tasas de desempleo y pobreza, alguna gente viviendo en Palermo comenzó a darse cuenta de los cambios que se estaban desarrollando en sus calles, y se interesó en iniciativas como la llevada a cabo por El Ceibo. Reciclar ahora era cool, por lo que era algo que debía hacerse para aparentar ante los vecinos.

La cadena de valor: Sólo unos pocos números de un gran negocio

La basura siempre paga bien… hay un montón de plata e intereses alrededor de la basura.

Pero, primero, examinemos el negocio del reciclado en sí. Los cartoneros (también conocidos como cirujas) recogen y clasifican elementos reciclables como papel, vidrio, metales o ropa, provenientes de basura residencial y de oficinas, y luego los venden al depositero, que se suele especializar en un tipo de material, quien es el que acapara el producto; la basura reciclada y procesada eventualmente se vende como materia prima a las diversas empresas.

En Buenos Aires son producidas diariamente unas 4.500 toneladas de basura. Las seis empresas recolectoras que operan en la ciudad retiran de las calles el 85% de estos residuos. La mayor parte de la basura reciclable es recolectada por estos cartoneros (unos 10.000 a 25.000 en el área metropolitana de Buenos Aires), que reciben un promedio de US $ 60 por tonelada. El próximo paso en la cadena de valor (depositero) le agrega un margen del 15%. En un mercado altamente concentrado, los procesadores ganan US $ 400 por tonelada. De acuerdo a algunas estimaciones, los cirujas en conjunto ganan US $ 30 millones anuales, mientras que todo el negocio produce US $ 150 millones (La Nación, 25-6-2006), solamente considerando el mercado relacionado al papel en Buenos Aires.

Sin que haga falta aclararlo, los cartoneros no pagan impuestos, y el resto de los actores de la cadena se mueve en un claroscuro legal con la aquiescencia de algunas autoridades.

La idea original

Ahí fue cuando pensé ´ ¿Por qué no trabajamos juntos para conseguir un mejor precio por lo que vendemos mientras cuidamos el medioambiente?´

Este fue el punto de partida de Cristina: Si los cartoneros podían involucrar a los vecinos en el proyecto cooperativo, enseñándoles a separar en origen la basura orgánica de la inorgánica, explica, “y luego recolectásemos de sus casas la basura inorgánica una o dos veces a la semana, no romperíamos la ley. Y si después de eso acopiásemos toda la basura recolectada y la pudiéramos llevar a nuestro galpón de manera de que podamos limpiarla y lograr más economía de escala –dado que una cosa es el resultado de una familia trabajando, y otra es la producción de 40 personas-, para recién luego venderla a mejor precio,… podríamos, además, negociar mejor”.

De todos modos, la idea enfrentó resistencias: “como no sabíamos cómo organizarnos para trabajar colectivamente, y no teníamos el dinero para hacerlo, teníamos que entrar en contacto con un montón de personas para que nos ayuden… Eso fue difícil por la ley, y porque éramos cirujas. ¿Entonces, qué hacer? Necesitábamos salir a hacerlo y derrotar al prejuicio, tanto de los ricos como de los pobres”.

… Y cómo la ley llevó a la innovación

Me di cuenta que la basura pertenece a quien la produce.

La actividad de reciclado informal era ilegal porque la basura en las calles pertenecía a las compañías de recolección de basura contratadas por la ciudad. Los cirujas estaban presionados, así, tanto por dicha ley como por estas firmas, que los veían a ellos como competidores (dado que se les pagaba por tonelada recolectada). Pero Cristina pensó que podrían usar el marco legal como una oportunidad para ganar la lealtad de los potenciales clientes: “Golpeábamos en sus puertas, y como nos veían todos los días en Palermo desde hacía años, trabajando en la luz, entonces pensamos que podían confiar en nosotros”.

El proyecto

Ahora que tenemos la fotografía mental del contexto, veremos cómo trabaja El Ceibo: Diez promotores de la cooperativa recorren la zona piloto, área de 100 manzanas con unos 56.000 residentes. Dichos promotores explican los beneficios del reciclaje, la misión de El Ceibo (Recuperar las personas para luego recuperar la basura), cómo el vecindario podría ayudar a los SBI a ganar su dinero productivamente, y cómo separar los residuos inorgánicos de los orgánicos en origen. La cooperativa creció de unos 100 clientes en 2001 a los aproximadamente 900 que tiene en la actualidad. El número de los proveedores de El Ceibo aumentó luego de la colaboración con Greenpeace Argentina en un programa llamado Basura 0, cuya intención era promover una nueva legislación en la ciudad de Buenos Aires en lo concerniente a políticas de gestión de residuos sólidos. Dicha alianza tuvo un impacto muy alto a favor de la popularidad de El Ceibo, y además coadyuvó a la aprobación de una ley, en 2005, que cambió el marco legal con el que se había encontrado la cooperativa al inicio de sus actividades.

Luego, si el vecino está de acuerdo, uno de los 15 recuperadores pasa regularmente por su casa con el carrito, y se lleva los residuos al punto de recolección en la puerta del local de El Ceibo. Estos recuperadores visitan alrededor de 50 clientes por día de trabajo. Así, como los recuperadores recolectaban los residuos sólidos de las casas, y no de la calle, no estaban violando la ley.

Finalmente, toda la basura inorgánica es llevada al galpón, en el cual ocho acopiadores separan el material, lo limpian, y comienzan con el proceso de reciclaje. Luego de eso, el residuo es vendido a recicladores especializados en cada producto. Las tareas logístico-administrativas son llevadas a cabo por seis personas, la mayoría de ellas miembros del Consejo de Administración, el cuerpo de gobierno de la cooperativa. Resultante de dichas ventas, los ingresos anuales de El Ceibo oscilan entre los US $ 32.000-36.000. A su vez, cada uno de sus aproximadamente 40 miembros tiene un ingreso anual de entre US$ 1.400 a US$ 2.900, un monto que incluye un subsidio del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Trabajando juntos

Nosotros, los cirujas no estábamos acostumbrados a trabajar juntos, no sabíamos cómo trabajar en grupo, y necesitábamos hacerlo si queríamos sobrevivir… Fue difícil actuar colectivamente.

A pesar de la enorme cantidad de cirujas, los miembros de este colectivo no estaban acostumbrados a trabajar juntos, o presentar un frente unido en el proceso de fijación de la agenda de la basura junto con otras partes interesadas (stakeholders). Es difícil, dice Cristina, y lo creemos: la oficina del gobierno porteño encargada de la gestión de los residuos sólidos que tiene a su cargo la relación con los cartoneros dice que, con residencia en la ciudad de Buenos Aires, sólo hay cinco cooperativas, empleando unas 110 personas (alrededor del 1% de los cartoneros), aun cuando hay miles de cartoneros individuales trabajando en la ciudad.
El Ceibo, una de esas pocas cooperativas que se las arregló para organizarse, emergió como un actor colectivo en la primera parte de la cadena de valor del proceso de recolección y disposición final de la basura.

Alianzas: Aprendiendo para trabajar juntos, trabajando para aprender juntos

Siempre pensé: Si queremos avanzar, necesitamos abrirnos… Fue extraño para nosotros trabajar con norteamericanos, europeos, fundaciones, políticos, pero creo que fue más extraño para ellos el ver la manera en que los pobres trabajamos. Estuvo muy bien porque aprendimos uno del otro. Fue muy útil, al menos para nosotros… aunque pienso que para ellos también… pero el rico no confía en el pobre.

La cooperativa se las ingenió para actuar con continuidad y colectivamente, no sólo por los fuertes lazos que unen a sus miembros, su capital social, sino también, como concluye Cristina, “porque estamos abiertos a cualquiera que tiene algo que nos pueda ser útil, sea dinero, experiencia, capacidad de establecer redes o contactos políticos”.
Entre los ejemplos de alianzas que estableció la cooperativa podemos mencionar su trabajo con Asociación Conciencia, que les proveyó entrenamiento en cómo construir un discurso institucional y unificado para negociar con las autoridades locales, con Greenpeace Argentina, sobre cómo trabajar con los medios de comunicación y darle visibilidad al grupo, con CLIBA (una empresa recolectora de residuos), el Banco Mundial y, más recientemente, con AVINA, que los apoya en la producción de materiales y artesanías usando materiales reciclables. En definitiva, El Ceibo ha demostrado apertura a las alianzas, pero con dos condiciones, afirma Cristina: “en tanto no nos uses políticamente, y entendamos cómo sacar provecho de tu ayuda, sos bienvenido”.

Gabriel Berger es Profesor en la Universidad de San Andrés en Buenos Aires (UdeSA), y Director del Programa de Posgrado en Organizaciones Sin Fines de Lucro. Es líder del equipo SEKN en UdeSA.
Leopoldo Blugerman es Asistente de Investigación del equipo SEKN en UdeSA. Tiene un M.A. in International Relations en la Universidad de Bologna, Italia.

Primero recuperar a la gente, luego recuperar la basura

“¿Cómo comenzamos con este proyecto? Todavía a fines de los 90 las leyes que había de la época de la dictadura militar decían que la basura en las calles pertenecía a la empresa que la recolectaba. Esto nos llevó a desarrollar la siguiente estrategia: recoger la basura en la puerta de nuestros clientes voluntariamente, en vez del método usual de los cartoneros, que es recolectar los materiales reciclables revolviendo las bolsas de basura que el vecino deja en la calle… Estamos más cerca de nuestros clientes a causa de la estrategia que tenemos, y a pesar de que las leyes sobre la basura han cambiado, las características de nuestra relación con ellos se han mantenido igual… Desde el inicio nos guió el mismo principio: Recuperar a la gente y luego recuperar la basura.”

“La sociedad cambió luego de la crisis política y económica de 2001-2002. Está más abierta a apoyar este tipo de iniciativa. [Además] abrimos nuestra cabeza para trabajar con gente que está fuera del ámbito de los cartoneros. En este sentido, si el que tiene dinero quiere darnos algo para hacer responsabilidad social corporativa [sic], es bienvenido porque necesitamos los recursos… lo único que no queremos en todo lo que sea formar una alianza es ser usados políticamente o ser comidos por nuestros socios… En definitiva, a pesar de su estatuto legal, creo que una cooperativa tiene que trabajar y planificar su estrategia como hacen las empresas.”

Cristina Lescano,
Presidenta de El Ceibo.

“Mucha de la gente que está trabajando acá comenzó el vínculo porque tratábamos el tema de los ´okupas´ [ocupantes ilegales de casas], pero enseguida nos dimos cuenta que si no trabajábamos productivamente no íbamos a poder salir adelante. Fue difícil cambiar las ideas de la gente pobre trabajando en El Ceibo, que no tenía casi experiencia de un trabajo formal previo, o estaban desempleados formalmente desde hacía mucho tiempo… Seguimos a Cristina en todo lo que decide. Algunas veces discutimos sobre tal o cual cosa, pero al final, ¿qué te puedo decir? Cristina la tiene muy clara con esto.”

Alfredo Ojeda,
Promotor de El Ceibo, y
Valeria Corbalán,
A cargo de tareas administrativas.

Gabriel Berger is a professor at Universidad de San Andrés in Buenos Aires (UdeSA) and director of the Graduate Program in Nonprofit Organizations. He leads the SEKN team at UdeSA. Leopoldo Blugerman is a research assistant on the SEKN team at UdeSA. He holds an M.A. in International Relations from Bologna University, Italy.
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