Natural Disasters

Coping with Calamity
Winter 2007

Hurricanes, Society and the Culture of Citizenship

A Latin American Round Table
Rafael Hernández

Participantes: Rafael Hernández, moderador (Cuba) Ricardo Flores (El Salvador) Armando Fernández (Cuba) Cristina Reyes (Cuba) Alexis Lorenzo (Cuba) Rafael Colmenares (Colombia) Esther Pérez (Cuba) José Mateo (Cuba)

RAFAEL HERNÁNDEZ: Hoy tenemos como tema de discusión “Huracanes, sociedad, y cultura ciudadana”. Además de la destrucción que producen los huracanes, y de las pérdidas materiales y de vidas humanas, dejan una huella sobre la naturaleza, sobre la mentalidad, la sociedad y la cultura ciudadana. ¿Cuáles son los elementos que identifican esta huella, y en qué sentido se diferencia respecto a la que dejan otros desastres naturales?

RICARDO FLORES: En mi país no tenemos una cultura de huracanes, pero sí terremotos, sequía y erupciones volcánicas. Me referiré no a los huracanes, sino a tres depresiones tropicales muy fuertes que nos afectaron --el Mitch, el Adrián, y el Stan-- durante los últimos veinte años. Quizás la huella más importante la ha dejado el Adrián, un evento meteorológico que se manifestaba a través del Centro de Monitoreo de Huracanes de Miami. De pronto, se estacionó en el Pacífico uno, dos, tres, cuatro, cinco días, y cambiaba de intensidad de tres a cuatro, de cuatro a cinco, etc. Lo que se escuchaba en los medios de comunicación era: “el Adrián se acerca, ve y compra en los centros comerciales tus víveres, llena tu tanque de gasolina”, etc.. Es decir, se convirtió en un huracán empresarial que barrió con todos los centros comerciales, con toda la gasolina, y cuando dijeron que iba a llegar, la gente se quedó esperando. Gracias a de los medios de comunicación, devino un huracán virtual, pero contribuyó a que los comercios pudieran vender todo lo que había en los almacenes. Las personas quedaron con la sensación de que nos iba a azotar un huracán de máxima fuerza.

San Salvador está en El Valle de las Hamacas, de una sismicidad continua. Es normal tener veinte, veinticinco temblores en un día; pero de pronto el huracán Stan vino a crear un nuevo fenómeno. Inundó toda la parte baja de San Salvador, y ya no es tanto El Valle de las Hamacas, sino la Laguna de Candelaria, que se llenó completamente porque llovió como siete días. Se afectó mucho la agricultura del oriente; quienes trabajábamos allí habíamos hecho reservorios de agua. El Mitch los barrió, los hizo desaparecer. Stan afectó mucho a la capital. Éramos una ciudad muy sísmica y pasamos a ser una ciudad inundada. El Adrián tuvo dos características: fue un huracán empresarial y un huracán virtual. Otros sin embargo han sido devastadores.

ARMANDO FERNÁNDEZ: El Caribe es una zona donde los huracanes constituyen parte de la cultura de los pueblos que lo han habitado. Si nos remontamos a los pueblos indígenas, en sus vasijas y cerámicas pueden apreciarse algunas imágenes relacionadas directamente con el huracán. Un científico cubano, el sabio polígrafo Don Fernando Ortiz, tiene un libro que se titula precisamente así, Huracán, en el cual se reconstruye la imagen simbólica del huracán en los pueblos originarios. Para los pueblos indígenas, traía agua, mucho viento, pero no destrucción. En cierta medida, era un cambio en la naturaleza que iba a proporcionar también un nuevo ciclo vital en las cosechas. Sin embargo, con el tiempo y con la civilización esto fue variando, porque las culturas que se constituyeron a partir de la conquista y la colonización son muy diferentes a las primigenias de América. Las primeras se han construido sobre la base de la explotación de los soportes naturales, mientras que las segundas tenían mucho que ver con los ciclos naturales, sobre todo con el ciclo hídrico. La cultura cubana y la cultura caribeña han incorporado el aspecto del desastre, cosa que no existe en la naturaleza. La naturaleza es, en ese sentido, amoral. El concepto de desastre lo pone el ser humano, porque está donde no debe estar. La cultura occidental ha desarrollado toda una tecnología para prevenir los huracanes, que dentro de los llamados desastres naturales son los más prevenibles. Es muy difícil prevenir un sismo –aunque se puede hacer con cierto rango de anticipación– y también una erupción volcánica, aunque se puede anticipar con horas y días. Al huracán se le sigue desde que se forma hasta que azota.

CRISTINA REYES: En efecto, el desastre no existe en la naturaleza, lo que existe es la amenaza, que puede ser natural u ocasionada por el hombre. El desastre es la consecuencia de ese fenómeno, lo cual está condicionado muy estrechamente por los riesgos que tienen las poblaciones y las comunidades, y con su vulnerabilidad para sufrir grandes alteraciones por un desastre o daños, no solamente en el orden humano, sino también en el ambiental.

Los huracanes afectan de varias maneras la salud humana. Dejan alteraciones psicológicas, individuales y colectivas, lo que depende mucho también de las condiciones culturales y sociales de las comunidades y los individuos, de su preparación cultural y de la cultura histórica. Durante los años setenta u ochenta, en Cuba hubo muy pocos huracanes. Gran parte de la población --sobre todo los más jóvenes-- no tienen una memoria histórica de los huracanes. Pero durante los últimos años, son cada vez más frecuentes y agresivos, lo cual hace que la población pueda reaccionar. Nosotros somos, de alguna manera, los campeones de la cultura de huracanes, porque nos visitan constantemente. A veces se convierte en un aspecto que cambia nuestras vidas diariamente, e incluso nuestra forma de actuar.

De una forma u otra, los desastres naturales dejan una huella en el ser humano, en su salud y en su mentalidad. El desastre es también un problema de salud, el concepto que tenemos de esta abarca los aspectos psicológicos. En otros tipos de desastres --por ejemplo, los terremotos, las erupciones volcánicas--, el número de muertos es muy grande. Prácticamente no hay lesionados porque en las primeras horas de esos eventos se producen muchas muertes y pérdidas materiales de todo tipo. Aquí las huellas son mucho más profundas. A veces duran años y nunca llegan a borrarse en la gente que logró sobrevivir.

ALEXIS LORENZO: En la mente humana, se pueden ver en dos grandes caminos: los directos y los indirectos. Directamente, las personas perciben la huella en las pérdidas materiales, la vivienda, las vidas humanas. Es cierto que el caso de Cuba no es como el de otros países, pero esto también nos afecta. Pero las pérdidas más complejas de evaluar se producen en la subjetividad humana. El ser humano es muy complejo, y a pesar de que el huracán tiene establecidas las pautas, las etapas, el individuo intenta minimizar las pérdidas en su mente antes de que llegue el huracán. En el libro de Fernando Ortiz que mencionaba Armando, resulta muy interesante ver cómo lo percibían los aborígenes y los españoles. A veces en los medios de difusión se intenta generalizar que la huella solamente consiste en el llanto, la tristeza; pero hay huellas en la mentalidad humana que son más complejas: las creencias, los estereotipos, las valoraciones que hacen las personas, los chismes, los comentarios, etc. En el caso cubano, no es igual la percepción de la huella en La Habana que en otras zonas del país, y dentro de la capital, tampoco es lo mismo barrios como Alamar, Miramar o Jaimanitas. En cada uno, es diferente; por lo tanto, hay que ver las pérdidas materiales y humanas, y sobre todo, las más importantes: las huellas en la subjetividad humana.

RAFAEL HERNÁNDEZ: ¿En qué se diferencian las huellas que deja un huracán respecto a las de otro tipo de desastres como los terremotos, los tsunamis, que ahora están afectando tanto a los países del sudeste asiático y del sur de Asia?

RAFAEL COLMENARES: Colombia es un país que no está afectado por los huracanes, pero podría decir lo siguiente: en el caso de la costa caribe colombiana, el problema son las inundaciones, que afectan de una manera muy grave a la población. En el año 2004, hubo ciento cincuenta mil personas damnificadas por las inundaciones, y en el 2005, más de trescientas mil; o sea, de un año a otro se triplicó el daño. El huracán y el tsunami son eventos puntuales, de un impacto fortísimo, pero corto. El daño que producen es muy duro, y en el imaginario de la población deja una huella muy profunda. Un fenómeno como el que padece la costa es más prolongado en el tiempo, genera un impacto muy fuerte, pero de otro tipo.

RAFAEL HERNÁNDEZ: ¿Es una inundación causada por qué?

RAFAEL COLMENARES: Por el período invernal, pero tiene una causa más profunda: el proceso de desecación de ciénagas y humedales que se ha producido en toda esa zona. Actividades económicas como la ganadería han desecado muchas de las ciénagas; por consiguiente, se ha alterado completamente la dinámica hídrica. Por eso cuando llega la temporada invernal, la afectación de esos sistemas hace que ese mayor volumen de agua no tenga dónde albergarse y entonces, lógicamente, se produce una inundación muy fuerte, que es la causa del fenómeno. El efecto que provoca consiste en el desplazamiento de la población. En Cartagena, esta ha aumentado de una manera muy importante en los últimos años como resultado de la migración.

RAFAEL HERNÁNDEZ: La segunda cuestión a considerar es la vulnerabilidad y la percepción del riesgo. Dados el desarrollo de la ciencia y la técnica, los huracanes son altamente previsibles --a diferencia de los terremotos o de las variantes de terremotos que dan lugar a las gigantescas olas de los tsunamis. ¿En qué medida la vulnerabilidad se ha logrado reducir utilizando estos recursos? ¿Hasta qué punto la percepción del riesgo es un factor que tiene un papel importante en las consecuencias que crean los huracanes?

RICARDO FLORES: El desastre está muy asociado a la población más vulnerable; en este caso, una población rural que vive en la orilla de los ríos, pobre, marginal. El paso de uno de esos fenómenos naturales la vuelve más pobre, pero ahora quiero subrayar el problema de las creencias populares. En mi país, la población hablaba de un niño feo que había nacido en el hospital, pero que hablaba, y dijeron: “el trece de enero va a haber un terremoto”, y lo hubo; después dijeron: “ha nacido otro niño feo y ha hablado, y dice que en febrero va a haber otro terremoto, y hubo un terremoto devastador que, además de pérdidas humanas, trajo una destrucción tremenda en las infraestructuras productivas. Y de pronto, también nació otro niño, y se dijo: “en marzo va a haber otro terremoto”; en realidad hubo un temblor relativamente menor que no fue clasificado como tal, pero en esta situación ustedes van a ver mucha gente diciendo: “este es un castigo de Dios, nos estamos portando mal, hay demasiada violencia”; es decir, el fenómeno natural no se percibe como algo prevenible, sino como una orden divina y un castigo.

Desde luego, los únicos eventos que se pueden monitorear a través de las redes de televisión son los huracanes. A esos la gente los va siguiendo y viendo por dónde van; pero en el caso de los terremotos, nos toman por sorpresa, y en mi país tenemos una historia de terremotos muy fuerte. La parte de la vulnerabilidad y la prevención en la sociedad no está dada. En cuanto a organización, tenemos una ley de protección civil de prevención de desastres, recién dictada, pero que al gobierno no le importa. Están esperando el desastre y para elaborar los planes de emergencia, hacer las solicitudes de SOS al mundo y recibir fondos, que pueden ayudar mucho en la campaña electoral debido a la entrega de productos a la población. Los desastres también tienen un trasfondo político muy fuerte, con medios de comunicación que los mediatizan. Un conjunto de desastres nos ha dejado con una pobreza bastante fuerte y una vulnerabilidad muy alta, pero aparecemos en los indicadores como un país que marcha al desarrollo. Las gentes no se preparan. Se organizan en sindicatos, asociaciones, cooperativas, pero la parte que no ven, la dejan a un lado.

CRISTINA REYES: La vulnerabilidad es un factor que depende de la acción del hombre. Y está muy estrechamente ligada a la capacitación o a la preparación. Para que haya una mitigación de los daños que pueden ocurrir en un desastre, hay que disminuir la vulnerabilidad, porque esta es la susceptibilidad de que el daño ocurra cuando se presenta una amenaza, lo cual depende mucho de la preparación y de otros factores--–por ejemplo, la percepción del riesgo. Para poder disminuir la vulnerabilidad, tienen que aumentar la preparación y la capacitación; cuando se capacita a la gente, se conoce cómo pueden disminuir los efectos, y por consiguiente la vulnerabilidad tiene que disminuir. En el sector de la salud, hablamos mucho de la vulnerabilidad hospitalaria. Decimos: “las instalaciones de salud tienen que ser seguras”, y existen temas de vulnerabilidad, como la vulnerabilidad funcional de una institución. Hay que preparar al personal de la salud para que pueda disminuir la vulnerabilidad o el daño que pueden sufrir sus instalaciones. Y eso también es válido en las comunidades alrededor del mundo. Como dijo el colega, en su país las poblaciones más pobres son las que más sufren con un desastre, son las más vulnerables, no tienen muchos elementos de preparación –y este no es el caso, afortunadamente, de Cuba. Aquí las construcciones de viviendas son vulnerables, no son resistentes; pero existe un sistema de información, difusión y evacuación que ha probado ser bastante efectivo..

En este último quinquenio los desastres naturales han aumentado alrededor de ciento cuarenta y dos por ciento, y los países más pobres son los que más problemas tienen, los que más sufren, los que menos posibilidades tienen de trabajar la prevención, porque ella está relacionada con el desarrollo, Todos los elementos de prevención lo son también de desarrollo, y a veces los países --no es el caso de Cuba-- carecen de suficientes recursos para prevenir.

Por otro lado, la percepción del riesgo es bastante compleja; para un experto, es la posibilidad de que exista un desastre o un riesgo; para la población ordinaria, se trata de una noción de sentido común, y depende de múltiples factores sociales y culturales. Unos influyen en la percepción que la población tiene de un riesgo, porque esta lo ve vinculado con la vida diaria. Está el entendimiento de la magnitud catastrófica del evento, lo cual depende mucho también del temor, del miedo. Un elemento que influye mucho en la percepción del riesgo, es que la población piense que pueda tener una mayor o menor afectación sobre la vida de los niños. La comunicación es un elemento importantísimo para la percepción del riesgo. Al pueblo cubano se le informa que va a pasar un ciclón, pero ahí está la sociedad, que lo va a ayudar a recuperarse; además, está la certeza de que las personas no van a afrontar grandes dificultades después que pase el desastre, quienes están en un albergue confían en que tendrán acceso seguro a la atención médica. Todos esos elementos de confiabilidad determinan que se perciba el riesgo de una forma u otra.

ALEXIS LORENZO: Es innegable que durante los últimos diez o quince años la ciencia y la técnica han contribuido mucho a disminuir la vulnerabilidad. Yo recuerdo que cuando era un muchacho, nadie creía en el fenómeno de El Niño. Hoy estamos experimentando sus consecuencias; es decir, la ciencia y la técnica han ayudado mucho. Los huracanes no son propiedad intelectual de una ciencia, de una profesión, pero la mente humana es muy amplia. ¿Cuáles son los otros factores? Primero, la cultura, los niveles de instrucción, la educación, la preparación, los entrenamientos, todo lo que se haga en el antes, porque generalmente las sociedades se dedican a actuar en el durante, pero los pobres no tienen ninguno de estos factores. Cuando comparamos los resultados que ha tenido Cuba --un país económicamente con pocos recursos-- ante fenómenos tan grandes y devastadores como el huracán Mitchell, nos percatamos de que la preparación ha tenido un alcance mayor en las comunidades, las personas, la familia. Tenemos experiencias con niños y adolescentes que, careciendo de la memoria histórica, tienen sin embargo un nivel de percepción del riesgo elevado. Por tanto, la percepción del riesgo es alta; la ciencia y la técnica son necesarias, imprescindibles, pero insuficientes. El factor humano sigue siendo, a mi modo de ver, lo más importante.

ARMANDO FERNÁNDEZ: Coincido con Alexis, e incluso voy un poco más allá. Los instrumentos técnicos, tanto los tecnológicos como los organizativos, nos brindan la posibilidad de prever y pronosticar; y cuando me refiero a los instrumentos organizativos, pienso en el ordenamiento territorial. En Cuba, a diferencia de otros países de América Latina, se ha organizado bastante bien el territorio, sobre todo los entramados urbanos, un elemento fundamental para las aplicaciones de las políticas y la disminución de los riesgos. La naturaleza tiene ciclos que, en la mayor parte de los casos, son más largos que la vida humana y, por lo tanto, muchos seres humanos no los tienen en cuenta porque los sobrepasan. Según los meteorólogos, los ciclos de los huracanes están más o menos dados por veinticinco, treinta años, y ahora estamos comenzando un ciclo de alta frecuencia de huracanes cada vez más marcado por el cambio climático, por la subida de los niveles del agua debido a esta razón; por lo tanto, la posibilidad de inundaciones, sobre todo en los sistemas costeros, será cada vez mayor, como ocurre en las zonas bajas de la capital cubana, que se inunda con más frecuencia, porque le fue arrebatada al mar. Ahí hay un problema de ordenamiento territorial que no se tuvo en cuenta cuando se urbanizó esta zona, en la década de los cincuenta, o un poco más atrás.

RAFAEL COLMENARES: Es conocida ecuación según la cual riesgo es igual a amenaza por vulnerabilidad. El término de la ecuación que podemos cambiar favorablemente, es el último. Pero ahí hay dos elementos: uno estructural y otro más coyuntural. El estructural es más o menos lo que refería Armando; si tenemos un modelo de ocupación del territorio y unos sistemas productivos que operan contra la lógica de los ecosistemas, estamos generando una gran vulnerabilidad, justamente lo que ocurre en la costa colombiana. Si en una zona inundable desecamos los humedales, estamos generando una mayor vulnerabilidad; si en un área propensa a los movimientos telúricos construimos viviendas en zonas de montaña, también estamos teniendo una mayor vulnerabilidad. Eso incide de manera muy importante en todos nuestros países.

El otro factor es la prevención, ligada a información y a la organización social y política adecuada para manejar un riesgo --indudablemente, el caso de Cuba es en este sentido altamente exitoso. En Colombia, luego del desastre de Armero --donde la explosión del volcán del Ruiz generó una avalancha de lodo que sepultó a toda una población--, se mejoró de modo sustancial la información y las alertas mediante un sistema de prevención de la posibilidad de una erupción volcánica. Este fue el origen del Sistema Nacional de Prevención de Desastres, muy bueno en la teoría y en el papel. Durante los últimos dos años ha habido una constante amenaza de erupción de un volcán, que se llama Galeras, por la ciudad de Pasto, en la frontera con Ecuador, muy cerca del volcán. Las alertas han funcionado muy bien, se ha podido evacuar a la gente; pero es un caso muy puntual. Las inundaciones a que me refería antes no cuentan con este tipo de alertas.

Por último, quisiera terminar hablando sobre los imaginarios. Cuando no hay condiciones para resistir el desastre, este se asume como una fatalidad, “Dios lo quiere, hemos sido pecadores, y entonces esto es un castigo de Dios”. Yo lo compararía con una información que me llamó mucho la atención y que, a mi juicio, los ambientalistas deberíamos difundir más. Cuando se presentó el tsunami que afectó al Asia, se creía que dos pequeñas islas del Océano Índico, Andamán y Nicobar, habían sido borradas por el tsunami, y que unas culturas originarias de allí habían perecido. Unos quince días después, se llegó hasta estas islas para ver qué había pasado, y se encontró que la población no había tenido ni un solo muerto. ¿Por qué? Porque estos pueblos originarios saben leer los mensajes de la naturaleza. Cuando comenzaron a ver que el mar tenía alteraciones inusuales y que los animales comenzaban a comportarse de una manera diferente, se subieron a los lugares altos de las islas y esperaron allí. Se trata de una lección que deberíamos aprender. Los Estados Unidos querían venderle a la India un sistema muy sofisticado de predicción de tsunamis, un evento que ocurre con frecuencia de décadas, y alguien preguntó: “¿qué sentido tiene comprar sistemas de prevención tan sofisticados, cuando esta lección que nos da un pueblo originario lo que nos está diciendo es que tenemos que estar más cerca de la naturaleza, saberla entender, saber leer sus señales, y sobre todo, tener una cultura adaptativa, capaz de convivir con esa lógica de la naturaleza.

RAFAEL HERNÁNDEZ: ¿Podríamos decir que si creemos que vivimos en una casa segura, que no se va a derrumbar por un huracán; si creemos que tenemos los servicios necesarios de salud necesarios para atender el tipo de afectaciones que produce un huracán; si creemos que tenemos suficientes medios alternativos que no dependan de la electricidad, sino de otras vías de comunicación --digamos, radios de pilas-- estamos seguros de que las comunicaciones se van a mantener, nuestra percepción del riesgo pudiera resultar equivocada?

ESTHER PÉREZ: Leyendo entre líneas, hay un elemento presente en el subtexto de todas las exposiciones: el problema de la voluntad política. La vulnerabilidad, el riesgo, la percepción, la posibilidad de disminución de los riesgos físicos, como se quiera decir, tienen que ver con la voluntad política. Hay un excelente estudio de Martha Thompson sobre los temas de reducción de riesgo y mitigación de desastres en Cuba. De allí saco una anécdota que, si mal no recuerdo, ocurrió en Guatemala durante el Mitch. Era una comunidad ubicada en una zona vulnerable; sin embargo fue mucho menos afectada que otras porque se había organizado para la guerra. La voluntad política de la comunidad hizo que la gente no solo percibiera el riesgo, sino también que siguiera a sus dirigentes, se organizara de la manera en que se había organizado para la guerra, y evitara paliar el daño del desastre.

JOSÉ MATEO: El tema de las grandes lluvias y de los huracanes es extremadamente complicado. Los cubanos sabemos que tenemos un sistema de defensa civil y de seguridad meteorológica de nivel mundial, pero a mí la impresión que me da es que funciona fundamentalmente con grandes huracanes y con situaciones que se pueden ir determinando de forma lenta. Creo que a veces no estamos lo suficientemente preparados para eventos casi casuales, muy rápidos y hasta fortuitos. Yo vivo en Santa Fe, un barrio de las afueras de La Habana dominado por el mar, de manera que estoy acostumbrado a esos percances. Los huracanes constituyen eventos paroxísticos desde el punto de vista de la naturaleza, y esta funciona de otra manera después que uno de ellos pasa. Tuve la oportunidad de trabajar mucho tiempo en la Sierra Maestra después del huracán Flora, y les puedo asegurar que después de este ciclón, la Sierra fue otra. Desapareció el setenta por ciento de los cafetales, y la gente vivió de otra forma. También el paisaje cambió de manera radical.

Ahora bien, tenemos que adaptarnos porque con todos estos cambios climáticos, los fenómenos se están haciendo cada día más críticos: sequías muy intensas y muy largas, fuertes períodos de lluvias que rompen por completo la lógica de los ciclos. ¿Cómo ha actuado hasta ahora la sociedad cubana en relación con este fenómeno? Durante los años noventa, lo hizo estimulando un proceso de renaturalización. La Sierra Maestra, en gran parte, se convirtió en una zona de bosques. ¿Pero qué ha pasado durante los últimos años, cuando los fenómenos cíclicos se han hecho mucho más intensos? A mi juicio, a veces estamos perdiendo la capacidad de controlar la naturaleza. Después del huracán Wilma, el año pasado, en gran parte del litoral habanero la gente está poniendo muros para impedir el paso del agua. Hace varios días estuve en la desembocadura del río Quibú, casi en las afueras de la ciudad. Habían quitado las estructuras del Quibú, unas estructuras enormes para que el agua pudiera pasar, y las habían colocado en la desembocadura, y esas estructuras tienen como dos metros de alto y cien de largo. ¿Qué sucede? Se crea un problema con la basura, que se está acumulando cada vez más. La “muromanía” --una característica típica de la burguesía cubana-- se ve también aquí. El muro constituye una barrera para la salida del agua hacia el mar; es obvio que así no se soluciona el asunto. Uno de los problemas fundamentales de los huracanes hoy en día es la penetración marina. Al bloquearse su salida, el agua forma una laguna. El otro día, después de un intenso aguacero, en los estadios de pelota del reparto el Náutico se produjo un charco enorme, por la misma causa: los muros. No cualquiera puede poner estructuras de concreto al lado de la costa, para eso se necesita una grúa. Hay todo un ordenamiento territorial a cargo de instituciones del Estado, y de repente alguien, para resolver supuestamente el problema, empieza a hacer esos disparates.

Por otro lado, está la vulnerabilidad. Estoy hablando de los sistemas naturales, las inundaciones, la penetración de mar, todo eso se agrava si el territorio no está preparado. Si los tragantes están llenos de tierra; si los basureros están por todas partes, de hecho se está aumentando la vulnerabilidad para que haya más inundaciones y más penetración, y por consiguiente más problemas. Sin embargo, ¿por qué resolvemos la mayor parte de los problemas? Porque tenemos un sistema de defensa civil y un sistema de seguridad fabulosos, pero los problemas de organización territorial, de organización ambiental, que están ahí, no hacen sin o incrementar cada vez nuestra vulnerabilidad respecto a estos fenómenos, cada vez más fuertes y peligrosos.

Rafael Hernández is a senior research fellow at the Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello in Havana. Founding editor of TEMAS, a Cuban quarterly in the field of social sciences and the humanities, he was the 2006-07 Robert F. Kennedy (RFK) Visiting Professor in Latin American Studies.

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